Por: Andrés Gómez

El Óscar del arbitraje

No hay adjetivos positivos para calificar a un árbitro. Ellos son los condenados de la fiesta. Los  que siempre desentonan.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano lo dijo mejor que todos en uno de sus libros: “Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden”.

Óscar Julián Ruiz no es la excepción. Es el árbitro colombiano de mostrar, pero genera más odios que amores. Nadie lo aplaude. Nadie lo abraza al finalizar el juego. Nadie lo despide con ovación. Todos lo silban. Es un juez mediático del que todos están pendientes de sus errores para atacar. Cuando triunfa lo hace como uno más, como un anónimo. En cambio,  cuando acaba con mala calificación, es un protagonista total.

Poco importa que Ruiz sea el árbitro colombiano con más pergaminos. Su pasaporte es un álbum lleno de sellos. Su casa, un inventario de fotos con grandes capitanes. Su hoja de vida, el resultado de 18 años de profesionalismo. Ruiz es una figura, pero alguien a quien uno no puede idolatrar. Al hincha poco le importa que sea el que más partidos internacionales tiene en nuestro continente, el rey de la Libertadores y uno de los pocos colombianos que han ido a dos mundiales.

Ruiz escogió una profesión donde no puede haber cariño. Que sea elegido para la final, poco importa. La verdad, incluso, a veces molesta más. Qué mal debemos estar cuando lo que es noticia es un árbitro. Uno no debe nunca olvidar que ellos visten de negro, no anotan goles sino que los anulan, y les encanta, ante todo actuar. Nadie duda que Ruiz ha sido exitoso en su trabajo, pero es que hablar bien de un árbitro es como condecorar a un chepito.

Ruiz quedará en la historia junto con El Chato Velásquez, Chucho Díaz, el nefasto J.J. Toro y miles de anónimos, en el álbum que no queremos recordar. Todos odiamos a algún árbitro, porque un día  nos ahogó el grito de gol, nos sacó una roja injusta, nos presionó a punta  de pito, nos arrinconó y nos acabó una ilusión.

Ruiz no tiene la culpa. Él es apenas el verdugo de un circo llamado fútbol, donde unos son artistas y otros son payasos. Habrá que ver cómo le va en el juego entre Chivas e Internacional. Ojalá pase desapercibido. Ojalá no sea protagonista. Difícil suposición. Al llanero le gusta sobre todo figurar, y como sabe que nadie lo va a aplaudir, porque es árbitro, hace todo lo que puede para que muchos justificadamente lo puedan silbar.

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