Por: Daniel Pacheco

El otro aniversario del 11 de septiembre

Bastante opacada por la celebración de los diez años del 11 de septiembre pasará la década que cumple el mismo día la Carta Democrática Interamericana.

Y aunque el documento en el que se establecen mecanismos para proteger la democracia representativa en el continente compite con un aniversario de lejos más significativo, no haría falta mucho para robarle el show a cualquier cosa que venga de la OEA. La falta de interés por lo que se dice y pasa en esta multilateral se explica tanto por la actitud cada vez más distante de Estados Unidos hacia Latinoamérica, como por la formación de contrapesos en la región a la influencia de Washington (la Unasur, por ejemplo). Esta sensación de irrelevancia la comparten desde Roy Chaderton, el henchido embajador de Venezuela en el organismo, hasta el no menos lleno de sí mismo Mario Vargas Llosa.

No habría entonces razón para luchar contra este lento enmohecimiento. Sus causas parecen bastante naturales. El mundo cambia y unos no se adaptan; cuestión de darwinismo político, si es que puede existir tal cosa. Sin embargo, en el seno de la OEA el sistema de derechos humanos, compuesto por la Comisión y la Corte Interamericana, merece una consideración aparte. Esta dupla de entidades, que son autónomas, pero fueron creadas y funcionan bajo el amparo de la OEA, se han convertido en una herramienta poderosa para proteger los derechos humanos en la región. Desde ilustres personajes que pierden el favor de su país, como Zoilamérica Narváez, la hija adoptiva de Daniel Ortega que lo acusa de haberla violado, hasta anónimos ciudadanos, como Óscar Maussa, un campesino colombiano desplazado de su finca en el Urabá, han podido acudir al sistema interamericano en busca de protección.

Y con un nivel de efectividad sorprendente para los pocos recursos con los que cuentan (sólo 40% de los cuales vienen de la OEA), la Corte y la Comisión han logrado que los estados se ocupen de problemas que de otra manera habrían ignorado.

Por eso, cuando la Carta Democrática cumple 10 años, habría que rescatar la pelea silenciosa que hay actualmente entre los organismos. La OEA, el gigante que se hunde en las arenas movedizas de la intrascendencia, pretende llevarse consigo al sistema interamericano.

En una disputa tan árida que es casi imposible sacarle titulares, el problema se ha centrado últimamente en la forma de elegir al secretario ejecutivo de la Comisión. En la última reunión, José Miguel Insulza, la cabeza de la OEA, prometió designar a quien la Comisión seleccione. Un bonito gesto que, sin embargo, pone de frente el problema de fondo: que un próximo jefe de la OEA puede no hacer lo mismo. Pero esta es la punta del iceberg de un tema más hondo. La intención de varios estados de convertir la Comisión en un organismo de apoyo a la justicia de los estados, en vez de un sabueso de sus falencias judiciales. Por eso, cuando cumple 10 años la Carta Democrática, olvidemos a la OEA y recordemos el sistema interamericano de derechos humanos.

 

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