Por: Juan Gabriel Vásquez

El otro descubrimiento de América

En un artículo reciente, el novelista español Javier Cercas se preguntaba si la novela puede contar la historia mejor que la historia, si la novela puede sustituir a la historia, y concluía que no.

“La historia y la literatura persiguen objetivos distintos”, decía. “Ambas buscan la verdad, pero sus verdades son opuestas: según sabemos desde Aristóteles, la verdad de la historia es una verdad factual, concreta, particular, una verdad que busca fijar lo ocurrido a determinadas personas en determinado momento y lugar; por el contrario, la verdad de la literatura (o de la poesía, que es como llamaba a la literatura Aristóteles) es una verdad moral, abstracta, universal, una verdad que busca fijar lo que les pasa a todos los hombres en cualquier momento y lugar”. Y luego exploraba su libro ideal: “Un libro”, decía, “donde, idealmente, la verdad histórica ilumina a la verdad literaria y donde la verdad literaria ilumina a la verdad histórica, y donde el resultado no es ni la primera verdad ni la segunda, sino una tercera verdad que participa de ambas y que de algún modo las abarca”.

Es esa tercera verdad la que tercamente persiguen los escritores que tercamente se ocupan todavía del pasado. En eso pensaba yo en estos días cuando me reencontré con un bellísimo ensayo que Antonio Muñoz Molina escribió en 1993. La victoria de Franco, explica el autor de ese maravilloso examen de la historia que es El jinete polaco, “no sólo abolió nuestro derecho al porvenir, sino también nuestro derecho al pasado”. Los lectores preferirán que cite sin recortes las palabras que siguen: “Los españoles, al menos los que nacimos y nos formamos después de la guerra civil, hemos vivido la paradoja de no poder o no saber vincularnos a nuestro propio pasado intelectual y político en un país regido por la preponderancia del fósil del pasado. Para nosotros la palabra tradición sólo podía significar oscurantismo e ignorancia, del mismo modo que las palabras patria o patriotismo significaban exclusivamente dictadura. El pasado era embustero, desconocido o repugnante: algunos de nosotros hemos dedicado una parte de las mejores energías de nuestra vida adulta a reconstituir otro pasado, a inventarlo, del mismo modo que a falta de una tradición literaria hemos tenido que inventárnosla, y en los mismos tiempos en que todos estamos intentando inventar un país”.

No sé si a ustedes les llame la atención tanto como a mí la equivalencia, en el discurso de Muñoz Molina, del pasado histórico con el pasado literario. Para el novelista, la malversación política de nuestro pasado es lo mismo que la malversación de la tradición intelectual; en otras palabras, el escritor que nace y vive en un país de pasado confuso sufre de esenciales confusiones intelectuales; quien, por virtud de la vida en un régimen totalitario, carece de la libertad de examinar el pasado de su sociedad, carece también de unos antepasados en los cuales apoyarse a la hora de escribir sus propias obras. Muñoz Molina ha tenido entonces que crear su propia tradición personal: se ha apoyado en un uruguayo como Onetti y un peruano como Vargas Llosa y un argentino como Borges, y ha declarado después su deuda con todos ellos. Tal vez es a esto que se refiere la gente cuando habla del Descubrimiento de América.

 

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