Por: Diana Castro Benetti

El ovillo de ellas

Estar en el propio cuerpo tiene sus delicias. Observar sus movimientos y vaivenes permite reconocer que cada célula lleva su intención y que los escondites más inusitados como el huesito de la cadera o el revés de las rodillas, son los atascos de las pasiones.

Y en el cuerpo hay lugares que hilan los tiempos. Unos más concretos que otros, todos van tejiendo sin descanso los destinos. Bocas y ojos que hacen de cada entrega, una inconciencia más y una oración menos. Rutas neuronales que se modifican a la misma velocidad que la memoria y dedos que buscan los bosques de nieblas como soñando suavidades.

Y hay lugares que por andar hilando se ocultan y no pueden ser de ellos. Zonas tan secretas que nunca ventilan sus frivolidades en la luz; espacios que están en lo profundo de la carne, entre las paredes de los huecos y que son creatividad pura y vida total. Espacios malheridos, colonizados y cedidos como si, por gracia de la lógica y la razón, fueran no de sus dueñas sino de otros. Pueden ser las arrugas de las cejas o los torcidos del meñique.

Pero como lugar sagrado, hay uno que no se compara. Hay uno al que se le teme y no se le escucha. Hay uno que se le olvida, se le destierra y poco se le repara. Hay uno que conversa consigo mismo al moverse al vaivén de los deseos de ellas. Ese ovillo lleno de sí está lejos de ser un espacio vacío para llenar. Es, más bien, una espiral inconclusa que pide esmero, dedicación y respeto, como la fuerza recóndita y líquida que es. Visto desde siempre con los ojos que miran otras esferas; percibido para bien de muchas y gozo de otros tantos, el útero es la rueda de energía que abre las puertas de los karmas y pide, a gritos, clausurar las amarguras y los dolores de los eternos retornos.

Ni piedad, ni sacralidad. Mucho menos perversidad. El útero es el lugar donde hemos existido sin género y donde cocinamos las artimañas de nuestra historia. Con muchas respiraciones circulares de lado a lado y una reverencia, este lugar debe volver a hacer suya la magia porque desde ahí se desaloja el miedo, porque es ahí donde están los siglos de videncias, porque es ahí donde la vida se hace un ovillo para ser de ellas y con ellos.

otro.itinerario@gmail.com

 

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