Por: Mario Fernando Prado

El Pacífico tiene sed

El país no le puede seguir dando la espalda al Pacífico colombiano.

Cada vez aumenta más su problemática y cada vez las soluciones mediáticas y/o apagaincendios terminan en unos verdaderos cantos a la bandera. Resulta ignominioso, por ejemplo, que Buenaventura, la vaca lechera número uno del erario nacional, le haya aportado en los últimos cuatro años al insaciable estómago del Estado $44 billones, devolviéndole a la región tan sólo $17 billones por todo concepto. Es ridículo también que la doble calzada al puerto más importante de Colombia —que no del Pacífico— lleve casi una década de tortuosas y tortugosas obras aisladas y no se vea la luz al final del túnel. Y qué decir del ferrocarril, ahora en manos de una multinacional billonaria que está luchando contra las Rositas y demás mulas atravesadas a lado y lado de las semidestruidas traviesas, para no referirnos al aeropuerto que no ha podido tampoco ampliarse por obra y des-gracia de las comunidades que prefieren que les pase un avión por encima a correrse unos pocos metros para darle paso a la comunicación aérea del puerto con el mundo.

Pero allí no terminan las tristezas del bello puerto de mar. Para no referirnos a la inseguridad, las casas de pique y el desempleo, que pareciera que estuvieran unidos por un indisoluble cordón umbilical, ni menos a la perversa trilogía de las carencias en salud, educación y vivienda, digamos que es inconcebible que no haya agua en muchos sectores las 24 horas del día y que la energía dependa de una sola interconexión, facilitando así la acción guerrillera, que con sólo una torre volada tiene para dejar a la desventurada isla de Cascajal en oscuras. Y en el resto del litoral, desde el Choco hasta Nariño, prevalecen el hambre y la miseria; no hay luz eléctrica, ni carreteras, ni hospitales, ni menos escuelas. Allí hay un semillero ideal para el narcotráfico y para la guerrilla, que sigue de dueña y señora de esta costa paradójicamente llamada pacífica.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mario Fernando Prado

Una ministra excepcional

El Hotel Estación, abandonado

El Cauca no puede solo

Alta Consejería para el Pacífico

La caucanización del Valle