Por: Daniel Pacheco

El pacto de Duque

Los pactos nacionales, como el que propone el presidente Duque, tienen el gran problema de sonar siempre a lugar común. Y cómo no. Si “se trata de ser capaces de darles vida a los consensos” en Colombia, como dijo Duque en el discurso de posesión, necesita por definición mucho de común.

Pero lo común tiene el riesgo de sonar vacío. En esa línea, el historiador Eduardo Posada Carbó, gran defensor de la idea de que en Colombia estos pactos han funcionado en el pasado, hace la pregunta clave para el inicio de la Presidencia Duque: “¿Cómo hacer entonces para que una propuesta de acuerdo nacional despierte la imaginación colectiva?”.

Entre sus recomendaciones al nuevo presidente, Posada le sugiere al gobierno Duque apelar más a lo simbólico que a lo tecnocrático, sugiere reunirse con la oposición para concretar aspectos específicos del pacto y, por esta vía, sugiere aterrizarlo en temas más concretos que la tríada ambigua de “legalidad, emprendimiento y equidad” de la que ha hablado el presidente Duque. Posada habla de “un acuerdo mínimo”.

Y para darle carne a esto —un propósito para el que creo existe en esta Presidencia una oportunidad real, por el momento histórico, por los logros de sus predecesores, por su juventud y falta de bagaje político— tal vez sea necesario que Duque haga uso inteligente del espejo retrovisor que, ha dicho, quiere dejar guardado.

En el legado de Santos hay mucho que por estos días ha sido justamente celebrado. Sin duda el expresidente dejó un país mucho mejor del que recibió. En eso el discurso de Macías es profundamente dañino no solamente por ser falso, sino porque distrae de lo que fue el gran pecado de la Presidencia Santos: la continuación de la práctica según la cual el fin justifica los medios.

Una práctica que socava la idea básica del Estado de derecho, de la conducción del gobierno y que debería ser el centro del pacto del presidente Duque: que la palabra vale, que la trampa no se justifica y que las reglas son para seguirlas siempre, no solo cuando le sirven a uno.

Santos, en este aspecto, sobresalió sobre sus antecesores, quienes como Uribe hicieron no pocos méritos, por ejemplo, al cambiar la Constitución para reelegirse con trampa. Pero en el caso de Santos, su trampa fue tan abarcadora que involucró prácticamente a todo el país. Todos fuimos tramposos con Santos. Y es que prácticamente toda Colombia votó por él en algún momento: los de derecha en el 2010 y los de izquierda en el 2014. Y todos lo hicieron, solo para poner un ejemplo, intuyendo que en sus elecciones había dinero sucio y acuerdos turbios con políticos corruptos. Unos gritaron primero “yo vine porque quise, a mí no me pagaron”, y después “paz, paz, paz”.

Seguramente la historia reivindicará a Santos, porque a veces el fin sí justifica los medios. Tal vez lo justificó para lograr la paz con las Farc. Tal vez lo justificó incluso en la Presidencia de Uribe para someter a las Auc y cambiar el balance de fuerzas del conflicto con la guerrilla.

Pero si Iván Duque quiere sellar con una impronta propia su gobierno, en su pacto nacional debe estar la idea de que ya en Colombia se acabaron los fines grandiosos que ameritan torcer promesas, leyes y normas. Para eso, creo que vale la pena mirar atrás. Poner un espejo retrovisor, pero un espejo sincero, que nos dé en la cara a todos los que votamos y aupamos para que nuestros gobernantes pasaran por encima del Estado de derecho en nombre de la guerra o de la paz. Y en esa mirada al pasado tal vez podamos estar de acuerdo en que para avanzar hacia un futuro nuevo eso es lo que tenemos que cambiar.

@danielpacheco

 

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