Por: Julio César Londoño

El padrecito en su laberinto

Uno de los personajes más retratados de la historia es José Stalin.

En sus años de gloria lo pintaron al óleo, a la aguada y con carboncillo, lo dibujaron con conchas de mar, cuadritos de cerámica y granos de soja, lo tallaron en mármol y madera, lo fundieron en bronce y oro, lo trazaron con flores y prados en jardines vivos en la tierra y con escuadrillas de aviones en el cielo, pero el mejor retrato lo haría Alexánder Solyenitzin en la novela “El primer círculo.

Allí está palpable el hombre cuyo nombre repetían los periódicos y los oradores del mundo. El nombre que llevaban innumerables plazas, muelles, fábricas, montañas, acorazados, sanatorios, escuelas y bebés de Rusia. “El mismo nombre que se coagulaba en los labios moribundos de los prisioneros de guerra y en las purulentas encías de los detenidos políticos”.

Solyenitzin lo dibuja a los 70 años como un viejo bajito, con el cuello arrugado como un pavo, ojos amarillos de tigre, aliento de tabaco turco y dedos grasientos que dejaban manchas en los libros. Aunque reconoce que “en el Cáucaso un hombre de 70 aún sube a la montaña, sobre el caballo, sobre la mujer”, lo considera un viejito sucio y paranoico. Se equivoca. Los temores de Stalin no eran imaginarios, eran tan reales como los millones de personas que murieron de hambre o fueron deportadas (“reasentadas”), torturadas o ejecutadas por una orden suya. Por eso vivía en una dacha-búnker, que constaba de una alcoba y un estudio, construida dentro de un cuartel.

Pero no le bastaba esta doble muralla. La dacha tenía dos puertas de seguridad con mirillas de cristal blindado. La alcoba tenía aire acondicionado pero era angosta y sin ventanas. Bebía regularmente una infusión energética que mantenía en un cántaro guardado bajo llave en un armarito. Debajo del piso de cemento estucado había tres metros de roca y, tras los enchapes de encina de las paredes, láminas blindadas. El techo era una plancha de acero de ocho pulgadas de espesor. El estudio tenía una ventana muy pequeña, también de cristal blindado, por donde se veía un jardín, la muralla que separaba la dacha del cuartel y a veces a Saschka, el criado georgiano.

Allí diseñaba los planes quinquenales, decidía el destino de cada uno de los 200 millones de rusos, corregía el curso de los ríos y espantaba moscas con el humo de la pipa y fantasmas con sus delirios científicos, decidiendo qué materias añadir a su currículo de historiador, estratega y filósofo, a su título de “el más sabio de los más sabios”. La biología era un campo atractivo pero ya se lo había asignado a Lisenko. Hojeaba el álgebra de Kiselev y la física de Sokolov pero lo único que sacaba en claro era que la relatividad era una teoría contrarrevolucionaria y que debían ponerles nombres rusos al amperio, el voltio y el weber. ¡Que se pudran los extranjeros!

Un día decidió que lo suyo era la lingüística, que terciaría en una sonada polémica sobre si el lenguaje era una supraestructura o simplemente lenguaje. Entonces tomó pluma y papel y estampó el título: “La lengua como instrumento de producción”.

Lo único que se recuerda del asunto es su título y el comentario de Trotsky: “Se equivoca el camarada Stalin, la lengua es un sistema de reproducción”.

Siguiendo la vapuleada estética del “realismo socialista”, Solyenitzin se salió con la suya: escupió sobre la tumba de Stalin, honró con nombres y apellidos la memoria de miles de prisioneros políticos, escribió un capítulo clave y estremecido de la historia de Rusia y recibió el Premio Nobel. Quizá no tenga nunca un sitial muy alto en la historia de la literatura, pero alcanzó algo más noble: un lugar en el corazón del pueblo ruso y en los anales de la lucha por la libertad.

 

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