Por: Valentina Coccia

El país de la añoranza

En sus últimos años el escritor italiano Cesare Pavese le hizo un altar de letras a la añoranza. En su libro La luna y las hogueras, la última obra que publicó antes de morir, Pavese le hace un homenaje a las raíces cuando Anguilla, hijo adoptivo de una familia campesina, regresa a su pueblo para comprender que la falta de raíces enferma el alma de añoranza y que la cura solo a través de un exilio voluntario. Recorriendo las calles de Belbo, encontrándose con los turbios recuerdos de infancia, y revisando los parajes de una historia que se repite en las nuevas generaciones, Anguilla comprende que “tener un pueblo de origen es necesario, así sea solo para tener el gusto de irse de él”.

Últimamente el libro de Pavese ha dando muchas vueltas en mi mente. Hace poco decidí emprender un viaje. Aunque tomaré distancia de Colombia durante unos meses seguiré viviendo ahí a pesar de estar tan lejos. Lo que pasa es que ese país que mi mente habita desde la distancia, el país de la añoranza, ya no es el país del Transmilenio, el país del trancón de la séptima o el país pasmado por el advenimiento de Duque. Este país en el que ahora vivo es el país que allá se avista pocas veces, pero que existe en esos instantes ínfimos en los que se descubre el rostro. La distancia trae consigo al recuerdo y a la evocación, y entre los tres logran sacar de nuestra mente imágenes que nunca pensaríamos recordar, pequeñas sorpresas que habitan nuestro instinto. Con ellas podemos pintar lienzos enteros, altares de memoria, verdaderos cuadros de añoranza que representan un país lleno de recuerdos pero también construido con fantasías, muy semejante al que tejió García Márquez con las agujas del realismo mágico.

De este lado del mundo el frío sobrecoge los huesos. Se ven volar algunos pájaros invernales que picotean en los árboles desnudos o en los campos de invierno. En las mañanas esos pájaros cantan, despertando las ánimas como en cualquier parte del mundo, pero es curioso que mi mente despierta siempre con el cantar de los pájaros de tierra caliente, con esa brisa tibia de río Magdalena, con ese perfume cálido de las temperaturas elevadas, con ese rumor que hacen los árboles de hojas grandes y calurosas. En esos instantes mi mente se despierta llena de pequeñas evocaciones, y con esa trampa abro la ventana, recordando el paisaje invernal que aquí se extiende.

De este lado del océano los pueblos son pequeños recodos de comodidad. Aunque el encanto minúsculo de sus ventanas, de sus antiguas construcciones y de la historia que se respira en cada esquina es inminente, estos pequeños monumentos están habitados por gente moderna, con sus computadores portátiles, con sus gafas de sol, sus grandes supermercados y sus autos de modelos recientes. A pesar de que los ojos buscan, es difícil ver a alguien extrapolado del progreso moderno, que se arriesgue a vivir o a vestir como en otros tiempos. Cuando mis ojos buscan, recuerdo mucho los pueblos de Boyacá, rodeados de caminos antiguos. Ahí no es difícil ver a un arriero con su ruana y su sombrero, acompañado de su mula y recorriendo el camino solitario, como quien se ha aferrado a vivir en el recuerdo o como quien se ha arriesgado a vivir como una aparición.

Aquí los campos están inminentemente ordenados. Desde lejos ya se avista como crecerán los vegetales, las flores y las frutas en las estaciones venideras. Los terrenos son verdaderos museos del porvenir de la tierra. Los ríos crecen como grandes animales quietos que están esperando para despertar, y en los caminos viejos no hay ningún niño que se aproxima para vender la fruta de estación. Cuando veo los asomos de esa quietud recuerdo los campos colombianos que crecen tan selváticos, a veces tan abundantes y a veces tan escasos. Cuando paso cerca de un río se me vienen a la mente las imágenes de esos grandes ríos de los paseos, con esa agua turbia que revoloteaba entre las piedras; y llenos de niños botándose al agua, nadando a tropezones y chispeándose las caras en una “recocha” interminable. Pienso en los caminos viejos en los que se aproximan tantos rostros tiernos a vender mamoncillo, mangostino y chontaduro. Pienso en tantas cosas en las que nunca hubiera imaginado que pensaría.

La distancia enseña a amar, no importa qué tanto cambiemos cuando estamos por fuera. Picasso decía que era mejor viajar, mirar hacia el futuro y voltear los ojos hacia lo novedoso, de lo contrario estaríamos siempre enfermos de nostalgia. No estoy de acuerdo con el maestro: la añoranza es poderosa, y revive en nosotros el amor que pensábamos que ya no sentíamos. Recuerden siempre, queridos lectores, en todo sentido y en todo lugar. En ese país de la añoranza le damos vida a una mejor versión de nosotros mismos.

@valentinacocci4

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