Por: Julio Carrizosa Umaña

El país imaginado

Cuando se ignoran, se olvidan o se desprecian los ecosistemas es fácil ilusionarse, tratar de construir el país imaginado por uno mismo o el que proponen los viejos maestros de cada cual, y si se fracasa, culpar a los demás.

Ese es el reino del voluntarismo, de los ilusos y de los aventureros. Es también el espacio en el que prosperan los falsos profetas, aquellos que saben que el país que prometen no puede, en realidad, construirse, pero se lucran personalmente de entusiasmos fallidos, desesperaciones y fracasos. Están allí los promotores de grandes negocios imposibles, los vendedores de armas y todos los inventores de esperanzas, entre ellos algunos de los grandes ideólogos.

El reconocimiento de la complejidad de los ecosistemas y de las íntimas interrelaciones entre ellos y nosotros es el ancla que nos une a la realidad. El aire que penetra los pulmones, los alimentos que nos permiten vivir, al suelo por el que caminamos no pueden ignorarse en los últimos momentos, pero es común olvidar todo esto en medio de lo construido por el hombre o desdeñar su importancia cuando se goza de invenciones y lujos.

En medio de esas cortinas que ocultan la realidad, los inventores de imágenes han prosperado en Colombia desde la Conquista, cuando se dejaron ilusionar por el Dorado. Luego los ilustrados borbónicos, al final de la Colonia, pensaron que la Nueva Granada era la región más rica del Imperio. Desde 1819 nos hemos imaginado que vivimos en un país independiente, durante 23 años tratamos de construir el país comerciante y libérrimo que predicaba el liberalismo, y desde 1886 los pensadores católicos nos cubrieron de normas y palios. Al cumplirse cien años de la independencia un puñado de patricios pensó que constituíamos la democracia más perfecta del mundo y sólo 30 años después Gaitán nos enamoró con la idea de construir aquí la sociedad más igualitaria; la ilusión de ganar la guerra para lograrla se ha alimentado desde entonces de otros tres imaginarios: el del desarrollo, el del mercado y el de la revolución.

En los últimos años muchos pensamos que vivíamos en un país que nunca iba a ganar la copa, pero también en un país en donde nunca se caían los edificios; los últimos días nos han demostrado cuán débiles son todas esas imaginaciones. Por eso es necesario hacer una invitación al realismo, lo cual implica un reconocimiento de la complejidad del territorio en el que vivimos y dejar atrás los imaginarios simples con los que nos hemos encariñado.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Julio Carrizosa Umaña