Por: Jaime Arocha

El país llamado África

EN SU COLUMNA "NEGROIDES, BLANcuzcos y aindiados", Héctor Abad desautoriza a sus contradictores porque dizque se basan en "escritos teóricos de los gringos o en su turismo surafricano".

Mediante la descalificación personal elude reflexionar sobre el racismo estructural, el cual para la gente de ascendencia africana se manifiesta en los índices más elevados de necesidades básicas insatisfechas, de desplazamiento y confinamiento forzados, así como de líderes amenazados, asesinados y exiliados, conforme se lo hace saber la Asociación de Afrocolombianos Desplazados en carta de abril 1. Ese mensaje también subraya que ese racismo no le es ajeno a la Corte Constitucional, cuyos magistrados, desde 2009, intensificaron su campaña para que el Ejecutivo cumpla los compromisos que le corresponden con las comunidades negras afectadas por el conflicto armado, dentro del marco de enfoque étnico diferenciado que la Constitución nacional legitima en consonancia con convenciones internacionales. Como parte de una crisis humanitaria que difícilmente puede corregirse por medio de matrimonios mixtos, reitero un hallazgo del equipo que orienta el sociólogo Fernando Urrea de la Universidad del Valle: según el censo, para 2005, 48% de la población negra del litoral Pacífico ya había sido desterrada, con todo y el blindaje territorial que la Ley 70 de 1993 buscaba ofrecerles a esas comunidades. De ahí que el mismo Urrea se haya dirigido a este diario arguyendo que al no considerar esos efectos estructurales del racismo, Abad termina por reforzar la “mentira colectiva” de que el mestizaje elimina “el cromatismo social como dispositivo de estatus social”.

La estratificación de la sociedad por el color de la piel tiene un cimiento poderoso en pedagogías que naturalizan la desdicha genealógica o percepción de las personas negras como descendientes de esclavos y no de miembros de naciones civilizadas. Estereotipos contraevidentes contribuyen a perpetuar esa desdicha. Abad divulga tres: el primero nos exculpa de la discriminación racial: “las excolonias españolas (…) fueron y son menos racistas que las excolonias anglosajonas”. El segundo, de la inferiorización, aparece en “Colombia, boceto para un retrato”: el “50% de los pobres (colombianos) que apenas sobreviven, se parecen a África, a las regiones y naciones más pobres de Oriente, y también, por supuesto, a la misma América Latina menos desarrollada”. Nótense las salvedades a propósito de las naciones orientales y latinoamericanas, pero el tratamiento de todo el continente africano como un solo país miserable. Y el tercero se desprende de los fragmentos que publicó sobre su novela Oriente empieza en El Cairo: la invisibilización de Mali entre otras naciones islamizadas de África. Incluirlas habría implicado un ejercicio mental que no se debe a teóricos gringos, sino al sabio senegalés Cheik Anta Diop: las raíces de las civilizaciones egipcias están en la región subsahariana, sapo que a los occidentales les cuesta trabajo tragarse.

No pretendo deducir quién es más o menos racista, sino realzar la profundidad de la estereotipia que cimienta la discriminación racial que aún se practica. Analizarla es un subproducto positivo del debate por los escritos de Abad.

 

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