Por: Hernando Roa Suárez
Construir democracia

“El país que me tocó”

El libro nos puede ayudar a repensar el futuro periodístico y democrático de Colombia; vale la pena releerlo y ampliar su contextualización.

¿Será un texto cuyo éxito editorial es fruto de una planeada estrategia propagandística? No. Es un aporte sustantivo de Enrique a la comprensión contextualizada de algunos hitos de los últimos cinco decenios, de nuestra evolución política y periodística, de quien —en forma paulatina— se hizo acreedor a ser electo director del más importante y poderoso periódico de Colombia y uno de los más significativos de América Latina.

A manera de recuerdos iniciales sobre una vocación. En términos personales, comencé a conocer el carácter y la vocación de Enrique a raíz de su labor universitaria en El Tiempo. Ulteriormente, coincidimos con Daniel Samper en el Aula Camilo Torres de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, el día que el candidato presidencial Carlos Lleras Restrepo en 1966 fue retenido por grupos del estudiantado que esperaban negociar la liberación de algunos subversivos, siendo el rector José Félix Patiño… Esperé hasta el desenlace, y se constituyó en un día especial de la lucha universitaria que tuvo posteriores consecuencias y lecciones.

Nuestra primera reunión conjunta estuvo centrada en pensar en los problemas sociales nacionales, en 1968, y fuimos convocados por el Icodes, orientado por el gran dirigente social que fue Gustavo Pérez Ramírez. Tres años después, y gracias al conocimiento que tuve del proceso chileno, por mi beca en la Flacso, realicé una entrevista con el viceministro de Justicia del presidente Allende, José Antonio Viera-Gallo, que es publicada el 14 de febrero de 1971 en las Lecturas Dominicales, codirigidas por Enrique, y que se denominó “La muerte de la imaginación impide el cambio”.

Dos meses después, el 11 de abril y en las mismas Lecturas, se publicó en forma destacada mi artículo sobre “Los jóvenes, los partidos y el país”, que tuvo una gran difusión y motivó discusión cuidadosa en el seminario que, por esa época, dirigí en el Externado, por invitación de Fernando Hinestrosa, sobre el Análisis Político Moderno. ¿Cómo no mencionar que la publicación de esos artículos fue muy importante para orientar mi futuro compromiso histórico con el periodismo de opinión y sus responsabilidades en El Tiempo, El Mundo y se extiende hasta nuestros días en El Espectador?

En 1974, el nacimiento de Alternativa fue significante por su papel desempeñado en la orientación de una juventud universitaria necesitada de pensamiento crítico y actualizado. De hecho, en mis cátedras y diálogos universitarios, era un complemento cuyo contenido se discutió en las sesiones de pre y posgrados. Su cierre, seis años después, significó un retroceso para el pensamiento progresista universitario. En este intervalo, fui objeto de amenazas cuyos alcances hube de consultar con Enrique, en las oficinas de Alternativa, y con el gran excanciller Alfredo Vásquez Carrizosa en su residencia. Después, nos encontramos esporádicamente en reuniones sociopolíticas. La última fue reciente, y tuvo lugar en el Aula Máxima del Rosario, a raíz de la publicación del libro sobre el expresidente Eduardo Santos, elaborado por el gran Otto Morales Benítez y que contó con la intervención del presidente de la República.

Y ahora, cuán grato reencontrarme con él —en el Museo del Chicó— para la presentación abierta de su libro. El acto estuvo muy concurrido. Enrique firmó sus textos desde antes de su intervención y bastante tiempo después de haberse terminado esta. Allí intervinieron Álvaro Tirado Mejía y Juan Esteban Constaín, quienes contribuyeron eficazmente a la realización de un evento académico lúcido y ágil que, por fortuna, quedó grabado integralmente por Penguin Random House Group.

Y ¿qué es entonces este libro? Digamos con precisión que es la más importante producción política, periodística y familiar de Enrique Santos Calderón, a lo largo de sus 50 años de trajinar en el proceso de construcción de nuestra deficiente democracia, pero democracia al fin. Está integrado por siete capítulos, el prólogo y el epílogo que, cuidadosamente, han sido correlacionados. Álvaro Tirado tiene razón: “Es excelente desde la escritura” y, por supuesto, es un texto de historia política, narrado con la experiencia periodística de Enrique, que está atravesado por las violencias que nos han circundado. Sí, es cierto, se deja leer de una sentada, pero… vale la pena releerlo porque a lo largo de sus capítulos existen contenidos entre líneas, que facilitan entender dimensiones sustantivas del proceso de Colombia, en el tiempo analizado y hasta nuestros días.

Complementariamente, se describen, con verdad, aspectos importantes de la evolución del proceso de la izquierda colombiana plagado de inconsistencias, fanatismos y sectarismos. Sus testimonios son veraces y de gran utilidad para comprender el movimiento político contemporáneo. Así mismo, se encuentran análisis e informaciones de gran utilidad para reescribir el complejo proceso sobre el que existen ignorancias dignas de mejor suerte. Adicionalmente, es una elaboración fresca redactada de tal manera que puede llegar a los espectros medios, necesitados de información confiable sobre nuestras deficiencias democráticas y también de búsquedas auténticas de quienes creemos en lo indispensable que es construir —hoy y hacia el futuro— una paz estable y duradera.

Quisiera acertar: según mi inacabada percepción, la democracia colombiana sigue en peligro por las prácticas politiqueras y corruptas de pseudolíderes astutos, populistas y caudillistas, buscadores de poder y muy hábiles en su enriquecimiento exponencial —personal y familiar—. Así mismo, encontramos la combinación entre el narcotráfico, los residuos guerrilleros, el paramilitarismo y la minería ilegal, unidos a grupos políticos que siguen siendo, prioritariamente, empresas electorales. Se ha olvidado que un partido moderno debe ser una institución de la vida política que, con un programa, ideología y organización democrática y estable, busca alcanzar el poder para realizar desde allí el proyecto político propuesto a consideración de los ciudadanos. ¡Qué desafío para la juventud y los futuros líderes demócratas de nuestro gran país!

Me inclino a pensar que el aporte de Enrique es muy útil para organizar seminarios, cursos y eventos dirigidos a la formación de periodistas de opinión, comunicadores demócratas y científicos sociales que contribuyan a solucionar la crisis actual de estas profesiones. De su lectura se infiere la necesidad de estudiar la comprensión de nuestro proceso histórico, sobre el que tenemos ignorancias que deben ser vencidas con dimensión de profundidad.

En este momento político de la democracia en el mundo y en América Latina, existe una cualidad del texto que quiero resaltar especialmente para los analistas y consultores rigurosos: su lectura cuidadosa les puede ser de una gran utilidad al formular recomendaciones para el fortalecimiento de la democracia colombiana y la cristalización efectiva de nuestra más importante tarea: la implementación del Acuerdo y la construcción de una paz estable y duradera.

Finalmente y en gran síntesis: el libro nos puede ayudar a repensar el futuro periodístico y democrático de Colombia; vale la pena releerlo y ampliar su contextualización. Felicitaciones a Enrique por el magnífico trabajo y el aporte de esta obra; es el fruto de su madurez intelectual. Y una sugerencia, para ampliar su impacto: ¿sería conveniente organizar nuevas ediciones en inglés, francés y mandarín…?

[email protected]

* Miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.

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