Por: Julio Carrizosa Umaña

El país real

Cuando aterrizamos nuestras imaginaciones en cualquier ecosistema, llegamos al país real, aquel en el que vivimos; en el trópico cálido y frío, en el sitio en donde se encuentran los vientos alisios del norte con los del sur y se enfrentan cinco placas flotantes.

 Asentados en las laderas, los valles y las altiplanicies de tres cordilleras y con vista al Caribe, al Pacífico, al Amazonas y al Orinoco. Pocos imaginarios resisten esos contactos con la realidad, sólo los dogmáticos logran aislarse completamente en sus historias. La mayoría con el tiempo nos alejamos de las ilusiones, pero estas continúan rondando la memoria; algunos jamás dejamos de tratar de construir lo imposible: la revolución, el mercado eficiente, el desarrollo continuo, la felicidad.

Con los años miramos con algo de tristeza, un poco de escepticismo y un tris de cinismo a los jóvenes encaprichados con sus imaginarios, empeñando su vida para lograr las metas que consideran sagradas. Esas tristezas, escepticismos y cinismos se construyen cuando se entra en contacto con los paisajes reales y se reflexiona acerca de nuestra propia vida y la de nuestros conciudadanos en los lodos, malezas, fracasos y tragedias de la nación.

Afortunadamente el contacto con el país real también proporciona razones para el entusiasmo, para un optimismo alejado del pensamiento de los ilustrados, de los liberales, de los conservadores y también de los marxistas leninistas. Colombia no es el país más rico en recursos naturales, tampoco será nunca el país más desarrollado económicamente, ni el más católico y estoy seguro de que aquí jamás lograremos construir un paraíso comunista.

Sin embargo, es posible que aquí logremos hacer algo diferente, que aprovechemos el conjunto extraordinario de ecosistemas en que vivimos para planificar y construir ciudades que sean modelos de integración social, de asentamientos amigables con la ecología y de desarrollo industrial innovador y limpio y que aquí consolidemos los espacios rurales como ejemplos de alta calidad de vida y de integración entre sociedad y naturaleza. Todo esto se puede gestar sin revolución, sin un crecimiento económico extraordinario y sin dictadura; los colombianos hemos ya demostrado, en los últimos 66 años, que somos capaces de logros enormes en medio de la guerra, la corrupción y el narcotráfico; hemos construido ciudades con servicios públicos para 30 millones de personas y se ha logrado conservar intactos bosques y selvas en más de 60 millones de hectáreas. Falta la paz para gozar de todo esto. 

 

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