Por: Reinaldo Spitaletta

El pájaro de Piedad

Colombia, país de tragedia y melodrama, es fácil para el humor y la picaresca.

Así como el huevo se convirtió en un símbolo de protesta (recordar el que le quebraron en la frente a José Obdulio y el de la muchacha que le entregó uno a Uribe: “tiene huevo, señor presidente”), el pájaro que encajó Piedad Córdoba en la liberación del soldado Josué Calvo, es, ahora, motivo de interpretaciones filosóficas y chistes de tienda.

En un comienzo, se dijo que tenía el pájaro carpintero de la caja un simbolismo sobre la libertad de expresión, tan vulnerada en estos días, por ejemplo, con el asesinato en Montería del periodista Clodomiro Castilla. Luego, se armó una suerte de jaleo porque había que dejar en libertad al ave, tarea que después se realizó en la finca del ex secuestrado Alan Jara.

El pajarito, que Piedad Córdoba dijo que se llamaba Twitter, empezó a convertirse en una representación del intercambio humanitario, al cual el presidente Uribe no le ve problema, siempre y cuando los guerrilleros de las Farc “que lleguen a salir de la cárcel no regresen a delinquir”. Lo que no dijo es cómo se garantizaría esta posibilidad.

El pájaro ha sido en distintos escenarios un símbolo de paz y también de guerra. Los llamados “pájaros” de la Violencia en Colombia eran criminales dedicados a “pavear” campesinos y sembrar el terror en pueblos y zonas rurales. Ya el novelista Álvarez Gardeazábal dejó un testimonio sobre León María Lozano en su obra Cóndores no entierran todos los días.

Pero también, por ejemplo, están Los pájaros de Hiroshima, del poeta rumano Eugen Jebeleanu, una perturbadora metáfora sobre el bombardeo atómico a esa ciudad japonesa de parte de Estados Unidos. Una parte se hizo célebre, musicalizada y cantada, en las voces de Gina María Hidalgo y Horacio Guarany: “Construyamos un nido. / Sí, un nido, un nido. / Pero… ¿dónde? / ¿Dónde, dónde, dónde…?”.

Y qué tal aquella canción de Astor Piazzolla y Mario Trejo, Los pájaros perdidos, cantada por italianos, argentinos, franceses, en fin, y que evidencia los sueños idos y las soledades devoradoras: “Soy sólo un pájaro perdido / que vuelve desde el más allá / a confundirse con un cielo / que nunca más podré recuperar”.

El pintor y escultor Fernando Botero, que en su voluminosa obra ha incluido pinturas sobre Pablo Escobar, las torturas de la cárcel de Abu Ghraib, Tirofijo, la masacre de Mejor Esquina y otras, también esculpió un pájaro. Precisamente, esa escultura, en el Parque de San Antonio, en Medellín, fue destruida en un atentado el 10 de junio de 1995, con un saldo de 28 muertos.

En literatura y arte vuelan muchos pájaros, desde los de Van Gogh hasta aquellos pájaros misteriosos que Alessandro Baricco incluye en su novela Seda. Y en el país, país rico en aves y también en aves muy raras, los pájaros, aquellos de la vieja violencia, siguen rondando. Porque no se ha terminado la vasta noche de la crueldad: los sicarios, los asesinos con licencia, los perpetradores de “falsos positivos”, los secuestradores; y a su vez siguen volando los pájaros de mal agüero y los del chiste de esquina.

Ya algún psicólogo había dicho que el chiste y la risa son mecanismos que utiliza el cerebro para aprender el absurdo. Y digamos que en un país absurdo, como Colombia, la gente apela al chiste tal vez para aliviar un poco la numerosa tragedia o para hacer críticas al poder, como se ha visto con los chistes dedicados a presidentes, desde los tiempos de Turbay hasta Uribe.

Al pájaro de Piedad también le ha sobrado la chistería, y no faltan los que lo relacionan con símbolos fálicos y consoladores de sex shop, hasta quienes la quisieran demandar por “transporte ilegal de fauna salvaje”. Ella ha dicho que se trata del pájaro de la libertad. Y en este punto vuelve a aparecer la sabiduría popular: más vale pájaro en mano…

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