Por: Eduardo Barajas Sandoval

El pantano de Bouvines

Pocos recordaron este domingo 27 de julio una batalla que hace ochocientos años abrió para unos el camino de la libertad y para otros el del absolutismo.

Un enfrentamiento de no más de cinco horas entre las tropas de un rey de Francia y las de una coalición liderada por el de Inglaterra terminó, irónicamente, por acelerar el paso de los perdedores hacia una democracia rudimentaria, mientras condenó a los ganadores a la prueba de una autocracia que tardarían casi seis siglos en derrotar.

En el barro de un pantano de la aldea de Bouvines, al comienzo de la llanura indefinible que va del norte de Francia al norte de Holanda, chocaron a la manera primitiva, brutal y sangrienta de la época, las ambiciones inglesas de recuperar las tierras de Anjou y Normandía y el “deber” de los franceses de consolidar su dominio en esa parte del continente, además de mantener a los invasores confinados a su isla.

Era la época en la que los comandantes batallaban en el campo al lado de sus soldados. Pero John, el rey de los ingleses y jefe de una coalición que incluía a unos cuantos enemigos de Francia, como el Sacro Emperador germano de la época y el poderoso Conde de Flandes, no estuvo en la batalla. Había desembarcado en la bahía de La Rochelle para cubrir el flanco sur y apenas comenzaba a subir, mientras que su hermano medio William de Salisbury entraba por Flandes y fue quien tuvo que combatir. Felipe Augusto, el monarca francés, sí que estuvo en el campo de batalla y aunque fue derribado de su caballo no solo logró ser salvado por sus guardas sino que terminó vencedor.

Con el paso de los años, o mejor de los siglos, los demócratas ingleses vinieron a agradecer calladamente esa derrota, de la que pocos se atreven a hablar en público porque no es de buen tono ni fácil de entender que se promulgue la bondad de lo que no haya sido una victoria en el campo de batalla. Pero el hecho es que si John hubiera ganado en Bouvines se habría fortalecido y habría recuperado no solo las tierras continentales sino el poder de su monarquía, herida desde antes de esa aventura por sus discrepancias con la nobleza, que se había rehusado a acompañarlo en sus campañas como protesta por su insaciabilidad tributaria y su antipatía al mantenerla alejada de las pompas de la Corte.

Con el golpe de gracia de esa batalla perdida, y luego de saber del degüello de cientos de sus mercenarios, el rey inglés, apodado desde entonces “Juan sin Tierra”, tuvo que regresar a su isla con la cabeza baja a exponerse, en su debilidad, a un arreglo de cuentas que terminó con la expedición de la Carta Magna, que se vio obligado a firmar y que no es otra cosa que una de las primeras grandes declaraciones políticas que facilitaron el progreso hacia la democracia.

Allí se originó, para el mundo inglés, el principio de que nadie puede estar por encima de la ley, ni siquiera el propio monarca. También el principio del derecho a ser juzgado por una justicia imparcial, administrada por personas de condición similar y conforme a parámetros previamente conocidos. Allí encuentran además su origen algunos de los parámetros fundamentales del sistema parlamentario, que para la época comenzó por señalar los límites del poder tributario y garantizar unos derechos especiales para la Iglesia, así como para ciertas municipalidades.

La Constitución de los Estados Unidos de América vino más tarde a servirse de esos principios, y de ahí tomaron elementos otras constituciones, lo mismo que la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y unas cuantas revoluciones adelantadas en una u otra parte con fervor libertario y democrático.

La monarquía francesa, por su parte, después de la Batalla de Bouvines encontró el camino libre a la consolidación de su poder en los términos más abiertos. Sobre la base de un poder sin limitaciones ostensibles y de un dominio territorial consolidado, Francia pudo constituirse en indiscutible potencia continental bajo la mano férrea de los orientadores de un sistema que, gracias a la combinación habilidosa de monarquía y nobleza, mantuvo a los habitantes del país sometidos a tal punto que siglos más tarde vino a generar el estallido de la Revolución fundacional de la República.

Menos mal unos historiadores han rescatado del pantano de indiferencia, después de tanto tiempo, la memoria de uno de esos hechos decisivos para el destino de millones de personas que no tienen idea del origen y los altibajos de su condición actual. Como sucede entre nosotros, porque casi nadie parece haber recordado el viernes 25 de julio el aniversario de un hecho que, en la medida de nuestras ilusiones y posibilidades, representa uno de los momentos decisivos de nuestra historia y del nacimiento de nuestra experiencia republicana: la Batalla del Pantano de Vargas.

 

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