Por: Mario Fernando Prado

El papa y Buenaventura

COMO ALGO FOLCLÓRICO Y FUERA de contexto ha sido tomada la invitación que formulara el gobernador del Valle, Ubéimar Delgado, por intermedio del nuncio apostólico, Ettore Ballesttero, al santo padre Francisco con ocasión de su posible visita a Colombia el año entrante.

Los altos heliotropos de este país centralista consideraron que nada tiene que ir a hacer el máximo jerarca de la Iglesia a semejante lugar y que, por el contrario, hay que mostrarle una cara más amable de Colombia.

Se habla de recepciones principescas con lo más granado de nuestra sociedad, ala. De una misa campal en las afueras de la capital —¿Anapoima acaso?—, de golpe de una visitica a Villa de Leyva y pare de contar. ¿Pero llevarlo a ver miseria y pobreza? ¡Ni de vainas!

No es posible, dicen, que después de tantos esfuerzos que se han hecho para mejorar la imagen de nuestro país con las inversiones multimillonarias en las campañas publicitarias que muestran un paraíso pujante, alegre, hermoso, hospitalario e ideal para el turismo, salgamos con la “pachotada” de llevar a todo un papa a saludar niños famélicos, visitar tugurios y que de golpe le roben el rosario y hasta lo agredan, como si esta ciudad de la cual lacta el país entero y no le devuelve ni la décima parte de lo que recibe, no tuviera otras cosas más importantes que mostrar y necesita que se le desestigmatice para que no siga cargando el lastre en que la han sumido las informaciones parcializadas y malintencionadas de buena parte de la prensa nacional.

La visita papal a Buenaventura produciría un fenómeno general de tolerancia, perdón y unión y marcaría una nueva etapa para los habitantes de la isla de Cascajal, harto necesitados de que se les suba la autoestima y no se les considere unos parias que sólo sirven para ayudar a engordar las arcas del Estado.

¡Ah falta que nos hace el federalismo!

 

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