Por: Arturo Guerrero

El papa y el verbo sin dientes

Una cosa es la figura mítica del papa. Otra cosa, bien distinta, es su discurso confeccionado con lugares comunes. En tanto mito, Francisco es una batahola que  sopla huracanes similares a Irma desde hace dos milenios.

No es un octogenario que tenga toda la vida por detrás. Es un supermán de capa blanca, capaz de modificar el futuro con milagros. Cada uno de los asistentes a sus actos millonarios quiere llevarse como talismán una foto de él, tomada desde el celular propio pues así surte más efecto el sortilegio.

No es necesario ser católico practicante ni rezar los mil jesuses para dejarse llevar por las multitudes hambrientas de encantamiento. El pontífice es la excelsa efigie de las divinidades al alcance de la mano proletaria. Por eso aparece cada medio siglo, cada tres generaciones.

A su paso es posible apreciar el halo de lo extremadamente otro. Los hombres reciben el choque eléctrico de lo enigmático. Cuando se marche regresará la vida opaca, la herrumbre de los metales.

Hasta aquí, entonces, rige el poderío del mito.

En otro plano se sitúan sus palabras. Se comprende que el máximo vocero de un modo de ver el mundo acuñado como dogma hace dos mil años carezca de primicia para hablarle al siglo XXI. Lo extraño es que la sociedad de hoy necesite todavía las mismas prédicas de antaño.

Los discursos del papa Francisco han sido alabados por adaptarse a distintos auditorios, por su cercanía a los pobres, por tocar asuntos vibrantes como el medio ambiente, las mujeres, los LGBTI, las guerras. Gracias a este repertorio ha marcado diferencia con la pompa de los siglos.

No obstante, una valoración de su oratoria deja ver el uso de conceptos y lenguaje repetidos sin fin a lo largo de los tiempos: reconciliación, amor, misericordia, respeto, humildad. Palabras, como piedras rodadas, que de tan lisas entran por un oído y salen por el otro.

Lo alarmante es que en pleno siglo de posmodernidad las muchedumbres reciban esta prédica como si se pronunciara por primera vez. Y como si tal verbo sin dientes sirviera todavía para reencantar la existencia.

Parece que los seres que ven más allá del estruendo se hubieran quedado  cantando solos, mientras las mayorías se hunden en el sin sentido, la penuria del día a día y el pellizco al placer fugitivo.

Es muy cierto que Colombia tiene el bolsillo en el siglo XXI y la mente en el XIX. Los niños todavía recitan las rimas que lloran. Los viejos transmiten miedos traídos desde ríos con patasolas y mohanes. Una mano peluda, negra o blanca, mantiene aferrados los cerebros a la antigüedad.

Por eso el más grande personaje imaginable viene, hipnotiza, distribuye consejos idénticos a los forjados para los bisabuelos. Los medios de comunicación le hacen eco boquiabierto. Y se instala en el país una segunda semana santa en pleno septiembre.

Es bueno que este papa sea este papa y no otro. Pero sería mejor que el país y el mundo contaran con más elaborados guías. 

arturoguerreror@gmail.com

 

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