El paraguas del alcalde

Ante el desastre administrativo de Bogotá, Gustavo Petro no puede seguir respondiendo a los cuestionamientos a su gobierno con insultos o generalizaciones filosóficas. La buena o mala gestión no tiene color político y, afortunadamente, se puede medir.

El último eslabón en una cadena de errores es el tratamiento que se está dando al tema de la valorización. Tal y como planteamos en nuestra columna del pasado 25 de febrero, todo parecía indicar que la facturación o cobro a los ciudadanos no estaba debidamente sustentada, ante lo cual la alcaldía sugirió, en ese momento y para salir del paso, que no se cobraría a predios con un valor inferior a ochenta millones. De esa manera supuestamente se “castigaba” a los estratos altos y, más acorde con la filosofía que cree pregonar, se exoneraba a los demás sin importar, por ejemplo, qué cantidad de bienes tiene cada ciudadano. Nada más inicuo, desequilibrado ni, matemáticamente, injustificable. El remedio, de acuerdo con esa “salida”, era peor que la enfermedad.

Pues casi un mes después, las dudas expresadas entonces en esta columna son compartidas por la Personería, que no encuentra sustentados los cobros y la Contraloría, que ha hallado irregularidades de diferente índole, como que el 70% de los dineros pagados ya por los contribuyentes se encontraban “durmiendo” en los bancos; muchos proyectos carecían de estudios y diseños y se tuvieron en cuenta las áreas de terreno y no las construidas.( ver http://www.elespectador.com/noticias/bogota/articulo-411451-contraloria-...).

En síntesis: las facturas de la valorización no tienen un adecuado soporte o justificación, lo cual ha llevado al alcalde a dar reversa, otra vez, para avanzar, ya no en el cobro a los predios con valor inferior a 80 millones sino en la dirección de derogarlo, reconociendo, de hecho, que nunca lo ha debido efectuar, por lo menos no en las condiciones en que lo hizo, es decir, facturando primero y preguntando después. Si eso no es improvisación y desorden ¿Cómo se podrá llamar?

Antes de la valorización, podemos recordar sus anuncios sobre la empresa de energía que iban afectando su valor; el año largo que se gastó solucionando el “problema” de pavimentar 100 metros en la 98 con 11, un sitio neurálgico( el resto de las vías se deteriora pero no tienen el mismo nivel de veeduría ciudadana); sus disquisiciones sobre la ALO y un extenso discurso medioambiental que no han terminado en nada; su incapacidad para conformar y mantener un equipo de gobierno; el fracaso en el anunciado cambio de modelo de recolección de basuras, en que él era el único que creía hasta el momento en que, ante la evidencia, debió reconocer su ineptitud, y una larga lista de etcéteras.

Su costumbre de “lanzar globos” como el de los toros, un tema mediático que poco tiene que ver con la administración de una ciudad enorme, con el fin de mantener a los medios y la ciudadanía “ocupados”, no alcanza a tapar las fallas enormes en sus responsabilidades. La parálisis de Bogotá se puede medir en las vías sin pavimentar o en el trancón sin solucionar, pero también en cifras como que en 2012 las Empresas del distrito ejecutaron apenas el 78% de su presupuesto y en inversión el 74%, mientras que el recaudo (incluidas las empresas) se situó en el 96%.Mejor dicho: no sabe qué hacer con la plata pero pasa facturas de cobro sin sustento.

Los hechos de cada día confirman que Petro se “encontró” la alcaldía y no sabe qué hacer con ella, salvo recurrir a su discurso de “pobres vs ricos” etc. el cual no sirve para hacer gestión pública pero sí para aparecer en los medios como un moderno Robín Hood ante una audiencia cada vez menor pero ideologizada que le “come cuento” fortaleciendo su imagen nacional y su, no tan secreta, aspiración presidencial. Ante cualquier crítica, que llueven, abre su trasnochado paraguas ideológico (¿Alguien no está de acuerdo con redimir a los más pobres?). Se arropa en “su” filosofía para mal administrar.

Mientras tanto, la inmensa metrópoli que hoy es Bogotá sigue a la deriva, en manos de un capitán de barco que, mientras se hunde, en lugar de trazar el rumbo, hacer mantenimiento a sus motores y conseguir buenos marineros, sueña con ser piloto de aeronave y filosofa sobre ello.

@herejesyluis

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