Sombrero de mago

El paro es joven

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La jornada de protesta social más sobresaliente en la historia de Colombia ha sido la que comenzó el 21 de noviembre con el paro nacional, que continúa. Un hito en la lucha por la dignidad en uno de los países más desiguales del orbe. Una expresión colectiva de obreros y campesinos, de los sin tierra y desempleados, de muchos de los que han estado al margen de la historia y que carecen a veces de todo menos de unas inmensas ganas de combatir las injusticias.

El 21N (no es ninguna onomatopeya, es el símbolo de una movilización patriótica contra la iniquidad y las inequidades) ha visibilizado, de nuevo, a los jóvenes de Colombia. Me parece que sin el concurso de cientos de miles de ellos en las marchas, en las concentraciones, no hubiera sido posible la colosal magnitud de una demostración como la que se ha visto. Sumados a los trabajadores, que gestaron esta suerte de primavera a la colombiana, han arriesgado no solo la vida frente a las respuestas oficiales de la represión, sino impreso una característica de creatividad a las masivas manifestaciones.

Hay una ebullición colectiva que evoca tiempos en que los jóvenes, ante diversas tropelías del poder, se erigieron en protagonistas de la historia. Visibilizaron su creatividad y sus ganas de vivir en un mundo sin injusticias. De cierta manera, aunque distinta, por supuesto, hay reminiscencias de lides históricas que combinaban acordes de guitarras eléctricas con la protesta. Y la muchachada se erguía con una voz universal en tiempos en que los “relojes marcaban 40 de fiebre” y “Jean Paul Sartre y Dylan cantaban a dúo”.

Las sonoras cacerolas (en algunos sectores la policía las ha decomisado), convertidas igual en una especie de símbolo del paro nacional, unidas a coloridas comparsas juveniles, a cornetas y platillos, siguen dando su serenata contra la sordera del Gobierno y sus áulicos. Y ahí, en esa mezcla de voces, los jóvenes han aportado su creatividad, sus happenings, sus coros y bailes. Son la sangre nueva de un país que aspira algún día a tener justicia social y distribución equitativa de sus riquezas.

Por estas fechas de agitación, en las que da la impresión de asistir a un despertar del pueblo colombiano, las juventudes han aportado, además de sus voces múltiples y energía renovada, la cuota de sangre por su participación. Sucedió, por ejemplo, con la muerte de Dilan Cruz, ultimado por el muy cuestionado Esmad. Alrededor de ese infausto suceso, en el que hubo hasta modos sinuosos de insinuar que ante todo la culpa del homicidio era del propio occiso, recordé unas palabras de Albert Camus en El hombre rebelde: “El que mata o tortura solo conoce una sombra en su victoria: no puede sentirse inocente. Necesita, pues, crear la culpabilidad en la víctima”.

Con su vitalidad efervescente, los jóvenes deben, en todo caso, rechazar cualquier simpatía con métodos terroristas. Y no decrecer ante la provocación oficial ni cejar ante la actitud indiferente de los que han producido en el país una enorme desigualdad. Por estos días, viejas canciones han vuelto a sonar distinto en la voz de las juventudes. Y el coro de “el pueblo unido jamás será vencido”, que recuerda antiguas luchas chilenas y de América Latina, se ha escuchado en las calles y plazas.

Y ha vuelto el espíritu combativo de los estudiantes que alguna vez cantó Violeta Parra, en los 60. De esos que no se “asustan de animal ni policía” y “no hacen el sordomudo cuando se presenta el hecho”. Y una acomodación a las circunstancias de la clásica canción de los partisanos de Italia con Bella ciao. Por todas partes, en parques y plazoletas, en esquinas y caminos, se ha escuchado, pese a la represión policial, el “Duque, chao; Duque, chao; Duque, chao”, en la voz fresca de los jóvenes, acompañados de músicos, incluidos los de sinfónicas y otras agrupaciones.

Algo está pasando en Colombia. Y de mucho calibre. Es, en efecto, no solo la voz juvenil de los estudiantes, sino la de trabajadores, indígenas, negritudes, aficionados de fútbol (cómo atronó en Cali aquel coro de “Uribe, paraco, el pueblo está berraco”), los pensionados (cada vez con menos futuro en el país), los abundantes sin empleo, las amas de casa, las profesionales, las madres comunitarias, todos contra los corruptos y los de las altas esferas que se hacen “los sordomudos” ante el creciente clamor popular.

“Juventud, divino tesoro…”. Ahí van los jóvenes de Colombia, con los claros clarines del poeta, mezcla rara de Rimbaud y partisanos a la italiana, no siendo inferiores al llamado por ser protagonistas de la historia, por contribuir a la construcción de un país justo, próspero y soberano.

 

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