Por: Rafael Rivas

El Partenón y el tesoro Quimbaya

En gira por Europa, promoviendo su última película, sobre el robo por parte de los nazis de los tesoros artísticos de los países ocupados, los actores George Clooney y Bill Murray tomaron parte en la agria disputa entre Inglaterra y Grecia sobre la permanencia de los frisos del Partenón, los llamados mármoles Elgin, en el Museo Británico.

Lord Elgin fue el embajador británico ante el Imperio Otomano entre 1799 y 1803. Obtuvo permiso de las autoridades turcas (Grecia era parte del Imperio Otomano) para estudiar las esculturas del Partenón. Existe debate, desde entonces, sobre si tenía permiso para removerlas del sitio y mandarlas a Inglaterra. Pero eso hizo. Poco después, el Museo Británico las adquirió y, aparentemente, Elgin no se lucró, pues las vendió por menos de lo que le costó llevarlas a Inglaterra.

En los países que han sido ricos, los museos están llenos de objetos cuyo peregrinaje hacia su lugar actual incluye historias de despojos, conquistas, robos y adquisiciones dudosas. Los museos alegan que no pueden cambiar el curso de la historia y que han cumplido un papel fundamental en preservar una infinidad de tesoros artísticos que de otra manera habrían sido destruidos. Y hoy tienen reglas mucho más estrictas para verificar la proveniencia de sus bienes. Con razón, tienen cierto temor sobre dónde podría parar el tema si ceden ante la presión por devolver a sus países de origen algunos de sus tesoros.

Por su parte, los griegos alegan que, aparte de la cuestionable legalidad del “permiso” que obtuvo Elgin por parte de sus ocupadores, los turcos, no se trata de exigir la devolución de todos los artículos griegos que han terminado en los museos de Inglaterra, Alemania y Francia. Pero sí del tesoro más emblemático de la civilización ateniense, que debería estar expuesto en su contexto original, en la Acrópolis. Es una discusión muy difícil, pero probablemente Inglaterra tendrá que encontrar una fórmula para satisfacer, por lo menos parcialmente, las reclamaciones griegas.

El caso del tesoro Quimbaya no es a primera vista igual. Colombia lo regaló a España en agradecimiento a la Reina María Cristina por los servicios prestados por la Corona al ayudar a resolver la delimitación terrestre con Venezuela. Bajo los estándares de hoy, ofrecer o recibir un regalo de esta naturaleza, por una de las partes de un pleito a un juez, constituirían un conflicto de interés monumental.

Para ambos. ¿Qué tal que el presidente Santos les hubiera regalado a los magistrados de La Haya la balsa de oro muisca? Bajo los estándares de hoy (y quizá los de entonces), ni siquiera es claro que un presidente pueda regalar bienes públicos sin autorización legal.
De todos modos, visto este regalo en un contexto histórico más amplio, de siglos de despojo y destrucción del patrimonio artístico de las culturas indígenas, no parece razonable que el tesoro Quimbaya resida hoy en una sala tenue de uno de los museos menos visitados de Madrid.

Nadie puede alegar que el patrimonio artístico de España se vería muy menguado si el tesoro Quimbaya no estuviera en una sala del tercer piso del Museo de América, lejos del interés que despiertan las otras riquezas artísticas de Madrid, sino en Colombia, donde pertenece. Es tal la apatía que genera el Museo de América, que acaba de anunciar que se ve obligado a restringir el horario de visitas. Tal vez el único satisfecho con este arreglo puede ser el cacique al que pertenecían estos tesoros, que por ahora reposan donde no los perturba ni el zumbido de una mosca.

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