Por: Luis Eduardo Garzón

El pasado en presente

EN LOS SESENTA FUERON SANGRE Negra y Efraín González. En la década siguiente, Jaime Bateman. En los gobiernos de Belisario y de Barco, Pablo Escobar. En los noventa, los hermanos Rodríguez Orejuela y al comienzo de este siglo, Manuel Marulanda Vélez. Así han sido los últimos cincuenta años del Estado colombiano; persiguiendo guerrilleros, narcotraficantes o bandoleros.

En nombre de esa persecución no solamente se han utilizado grandes recursos económicos y bélicos sino que se ha restringido toda clase de libertades, abusando de aquella frase que dice que el fin justifica los medios. El Frente Nacional y su carácter profundamente antidemocrático, el Estatuto de Seguridad del presidente Turbay y el rescate militar del Palacio de Justicia —pero no de vivos, sino de muertos— han sido, entre otras, acciones que reflejan que por enfrentar al enemigo interno se puede llegar a un cúmulo de arbitrariedades. Así se diga lo contrario, las cosas  tienden a ser más de lo mismo.

Ahora, todo se hace en nombre de la seguridad democrática. Si hay que hundir la reforma política es para que ella no se afecte. Cuando la economía va bien, es gracias a esta estrategia. Cuando, como ahora, hay vientos de desaceleración y de inflación alta, es culpa de factores externos. Para lanzar campañas presidenciales sin nombres propios hay que decir que hay que reelegirla. Para establecer la frontera entre Dios y Satanás hay que hacer declaración juramentada sobre ella. Las relaciones internacionales se definen en el marco de quien no está con lo mío, está contra mí. En fin, se asemeja a una encíclica, que quien no la cacaree es sospechoso de terrorismo.

Claro, como otrora, los resultados parecen repetirse de manera exitosa. Todo indica que Tirofijo murió como consecuencia de un carrerón que lo infartó, tal como murió Bateman, piloteando un avión, no se sabe si huyendo o buscando las coordenadas luego de una borrachera con piña colada. Los llamados paramilitares de ahora, extraditados recientemente, no eran más que narcotraficantes que, al igual que Escobar y los Rodríguez, financiaban todo tipo de campañas políticas. Los desmovilizados de ahora, para que les crean el arrepentimiento y les paguen la recompensa, deben traer parte del cuerpo de sus antiguos camaradas, mientras que a los de antes les publicaban sus macabras historias en varias ferias del libro. Los que antes se denominaban ‘chulavitas’ o ‘pájaros’ ahora son ‘águilas negras’. Lo único novedoso es que la falta de insulina se puede volver un arma letal contra las Farc. Lo cierto es que con actores y circunstancias diferentes, las conclusiones son las mismas. El pasado en presente, donde perseguir ilegales es la tarea, mientras que abordar los problemas de los legales se sigue aplazando.

Y esos legales en muchas partes del país vuelven a jugar, como hace cincuenta años, en medio de la tragedia, de los escombros, de familiares muertos y con el desplazamiento de un invierno que se repite sucesivamente, con la diferencia de que este año, la respuesta del Estado estuvo por el lado de Caracol Televisión, mientras que el Ministro de la Protección Social hace todo lo posible por no naufragar en la yidispolítica.

Por eso, no es ninguna novedad reelegir la seguridad democrática. Esa viene siendo elegida con contadas excepciones desde los años cincuenta. Aquí lo que se debe imponer es elegir la lucha contra la pobreza, que si bien se nutre de una buena seguridad ciudadana, debe contar con la misma intensidad económica e institucional con que ha contado la otra. En esta etapa de hemorragia de candidatos, lo importante es definir el para qué, después con quién y finalmente quién. Aquí, el orden sí altera el producto.

 

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