Por: Cecilia Orozco Tascón

El pasado en presente

El discurso de Álvaro Uribe en el club El Nogal —que en mala hora prestó sus instalaciones como escenario del lanzamiento de un movimiento político— es de un cinismo ilimitado.

Tal vez él supone que los colombianos sufrimos de amnesia y creyó, por eso, que podía enrostrarle a su sucesor y antiguo aliado, la responsabilidad de las prácticas que él y los exponentes de su “doctrina” usaron bajo su plena aquiescencia. Pero no todos olvidamos. El grupo que se complace en llamarse “frente antiterrorista” utilizó casi con euforia, el atentado al abogado Fernando Londoño (quien de una parte para acá se presenta como periodista en lugar de lo que es, un propagandista incitador de violencia) como excusa para darle un equívoco nombre al movimiento que existía en semirreserva desde cuando la Corte Constitucional frenó la segunda reelección uribista.

La oposición a Juan Manuel Santos es sólo una disculpa. Cierto que éste no ha sido tan obsecuente como esperaban el gran señor y sus secuaces. Pero si lo hubiera sido, también se habría dado a conocer en público el autodenominado Puro Centro Democrático. Y el oferente del homenaje a Londoño Hoyos, el mismo que promovió la fundación Primero Colombia y, desde luego, el que impulsó, en su ya tradicional juego verbal, la asociación Colombia Primero para adelantar en 2008 un referendo reeleccionista por medios fraudulentos, habría elaborado un discurso a favor del presidente actual. ¿Qué habría dicho entonces? Habría justificado, de igual manera, la realización de una constituyente que le permitiera al “pueblo soberano” tener a Uribe en la Casa de Nariño en 2014. El “doctrinante” nos habría revelado que sólo así se evitaría poner en peligro la Obra de la Seguridad Democrática Uribista-Santista, así, en mayúsculas, como les gusta verse.

Dijo Uribe: “Los amigos de tan fatídico camino preservan la ilusión de incorporar, como conexos con el delito político, al narcotráfico y las graves violaciones del Derecho Internacional Humanitario”. Trasladémonos a las primeras versiones de la Ley de Justicia y Paz y la afirmación del exjefe de Estado no dista un centímetro de la de los críticos de 2005, cuando el Gobierno pretendía negociar la desmovilización de los paramilitares, dejando en la impunidad absoluta sus delitos. La razón para que influyentes organizaciones de derechos humanos dieran su voz de alarma internacional no fue otra que la laxitud con que iban a ser tratados los responsables de crímenes de lesa humanidad.

Por eso resulta del mayor descaro que Uribe haya aludido a Human Rights Watch, organización a la que en su momento calificó de “aliada del terrorismo” y a cuyo director insultó en repetidas ocasiones, para criticar a la actual administración: “Encuentro muy injusto que cuando una ONG extranjera se opone al Marco para la Paz, el Gobierno la desoiga en claro beneficio para la guerrilla”. Pero la más asombrosa de sus menciones es la siguiente: “De las mayorías parlamentarias ninguna razón se escucha diferente a la obediencia al Ejecutivo, muchas veces por simple clientelismo”. ¡Qué oportunismo! Yidis, Teodolindo, Díaz Mateus, los parapolíticos y aquellos que recibieron notarías entre 2002 y 2010 viven todavía para recordarnos cómo fue la relación de la Casa de Nariño con el Congreso durante esos años. Nadie en el país se sorprende con la creación de una organización uribista que pretenda someter a los colombianos, quién sabe por cuántas décadas, a un régimen totalitario. Pero que la Espuria Ultraderecha Antidemocrática no aspire a un alzheimer colectivo. Unos cuantos todavía tienen memoria. Y otros, estamos dispuestos a refrescarla, no para ignorar los males del presente sino para tratar de evitar que regresen los peores del pasado.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Cecilia Orozco Tascón

Duque: de las palabras a las obras

El uribismo se enfrentará a una Colombia nueva

JEP: discutir con seriedad

Otra vez los presos…. y Uribe

La ley del embudo: el lado ancho para mí