Santiago Bernal: cantante bogotano que fusiona diferentes géneros musicales con aires flamencos

hace 1 hora
Por: Aura Lucía Mera

El pasado es presente

Ya nadie se acuerda de que la caña de azúcar la trajo Cristóbal Colón de Asia cuando conquistó América. Sebastián de Belalcázar la llevó al Cauca y al Valle, y Pedro de Heredia, al Caribe. Este sabor dulce y sensual hipnotizó al país, y de ahí fueron surgiendo los ingenios azucareros y paneleros. Unos inmigrantes sirio-libaneses se asentaron en Chocó, y desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX crearon la empresa agroindustrial más grande e importante del Pacífico colombiano en Sautatá, norte de Chocó, actual Parque Nacional de los Katíos. Ingenio azucarero, aserríos de madera, frutales, ferrocarril propio. Incluso se llegó a decir que tenían su propia moneda. Ese departamento, a pesar de su humedad agobiante, sus lluvias eternas, su selva, era el más rico y prometedor del país. Una verdadera “mina de oro”.

Recuerdo vagamente que mi papá nos contaba cómo recién casado había trabajado un tiempo en Sautatá, administrando el ingenio, y lo duro que fue acoplarse al clima y a las circunstancias. Veo en Youtube algunos videos de la época y no entiendo cómo ese emporio de riqueza se fue esfumando, desapareciendo, hasta quedar literalmente tragado por la selva y el abandono, dejando a la deriva y en la pobreza absoluta a la población.

Sautatá no fue un caso aislado. Muchas empresas mineras y agrícolas iniciaron sus sueños en Chocó para desaparecer, como si una maldición pesara sobre esta región, única en biodiversidad, con dos océanos, ríos poderosos, climas y microclimas, minas de oro y plata. Una región privilegiada, pero abandonada por todos los gobiernos que han existido en este país centralista y carroñero. Sin embargo, sigue latiendo con fuerza, sin dejarse vencer ni extinguir.

Miro fotografías de Quibdó sumida en la pobreza más extrema, acorralada por narcotraficantes y grupos armados, barrios prohibidos donde no se puede “vivir sin permiso”, desplazados, menores de edad reclutados a la fuerza para que aprendan a matar y seguir regando de sangre la tierra, arrojando río abajo cuerpos y más cuerpos sin nombre.

Pero una fuerza poderosa, la de sus ancestros esclavos indómitos que jamás olvidaron su música ni su forma de comunicarse, y esa resiliencia incrustada en la sangre que no les deja doblegarse ante los dolores, amenazas, mentiras y falsas promesas, siguen adelante, bailando, soñando, cantando sin perder esa dignidad de ébano de la que tanto tenemos que aprender.

Un ejemplo es el grupo musical Black Boys, donde Jonathan Martínez lidera un grupo de más de 200 jóvenes dedicados a la danza, para no dejarse arrasar por la violencia, precisamente en el barrio El Reposo, uno de los más pobres y “prohibidos” de Quibdó. Desde pequeño su meta fue ser líder social y ayudar a su entorno con clases de champeta, salsa choque y samba.

La riqueza y la miseria, que son el pasado y el presente de Chocó desde la Conquista, jamás han podido acabar con los sueños de sus habitantes. Ejemplos de verdadera resiliencia, ¡siempre buscando un futuro mejor!

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2020-02-18T00:00:03-05:00

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2020-02-18T00:51:36-05:00

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