Por: Alfredo Molano Bravo

El pasado en presente

“El Mango es un corregimiento de Argelia que vive de la coca, el café y el cacao.

Los cultivos de coca han tratado de ser erradicados en varias oportunidades y, a juzgar por lo que cualquier viajero ve, los resultados no han sido exitosos. Tampoco en materia de orden público: Los ‘Rastrojos’ entraron, permanecieron dos años sin que ni el Ejército ni la Policía los pudieran derrotar debido al carácter marginal y ocasional de sus operativos .El año antepasado, a raíz de la muerte de un menor, hubo un amotinamiento del pueblo contra la Policía, cuyo cuartel fue incendiado. El alto mando decidió trasladarlo al pie de uno de los cerros que encierran el poblado, donde arrendó una casa particular en medio de la población civil y la rodeó de trincheras por los cuatro costados .El 6 de junio del pasado año la Policía fue informada de la existencia de un artefacto sospechoso a la diagonal del cuartel. Nadie explica cómo —teniendo las vías de acceso controladas— fue colocado allí. Más aún, los uniformados inspeccionaron el lugar denunciado y se acuartelaron. La bomba explotó a las 8 de la noche y, a renglón seguido, se trabó un combate en el que resultaron muertos cuatro agentes y 14 resultaron heridos. Parece un hecho comprobado que para repeler el ataque, la Policía disparó desde casas contiguas al cuartel.

El pánico que el pueblo sufrió aquella noche se conserva vivo y ha creado un ambiente de hostilidad contra las guarniciones militares en medio de los cascos urbanos. El cuartel de la Policía en El Mango es una verdadera vergüenza. Se trata de una edificación civil, parapetada tras trincheras vulnerables; el techo se cae a pedazos, hay túneles de escape hechos en las paredes que colindan con residencias particulares, las que, naturalmente, la gente ha abandonado. En cada habitación del cuartel, donde hay un puesto de mando alumbrado con un bombillo, viven entre 10 y 15 agentes hacinados en medio de un desorden de ropas, armas, utensilios de cocina y platos sucios, lo que expresa sin más el grado de peligrosa desmoralización de la tropa.

El comandante del puesto comenta que a los agentes que envían al cuartel de El Mango se les pregunta de entrada: ‘¿Y usted qué mal hizo para que lo hubieran mandado a este infierno? ’El pasado 2 de julio en El Mango siete policías resultaron heridos en un hostigamiento de la guerrilla que dejó destruido el cuartel y obligó a 450 personas a huir de sus casas hacia la cabecera municipal en busca de protección”.

El texto anterior lo escribí hace tres años y ayuda a entender la historia de un conflicto entre la población civil y la Policía en una región que vive la guerra hace 25 años. Las guerrillas, los paramilitares, la Policía y el Ejército son fuerzas que se detestan pero conviven unas al lado de las otras. Y en medio de esas rivalidades y odios vive y trabaja la población civil. La guerrilla ataca de tanto en tanto la estación de Policía, que casi nunca es defendida por el Ejército. Los tatucos han destruido las casas aledañas a la casa ocupada por la Policía, y ella usa esas ruinas como refugio y parapeto contra los ataques. Las protestas, denuncias, peticiones de auxilio que los vecinos de El Mango han hecho a las autoridades son ignoradas, hasta que el pasado lunes bloquearon las calles adyacentes al “cuartel” y les pidieron a los agentes del orden que se fueran, para evitar que las guerrillas de las Farc los mataran. En realidad pedían lo que el juez administrativo 37 de Bogotá pedía: tomar las medidas necesarias para trasladar la subestación de Policía del Corregimiento de El Mango a un lugar que estratégicamente no este expuesto a las incursiones de las Farc.

Hoy 600 policías han regresado a El Mango, pero no a su antigua sede sino al puesto del Ejército. La población se niega a seguir sirviendo de escudo humano a los servidores públicos, y el Gobierno insiste en que los agentes tienen la obligación de mantener las condiciones que hacen posible el ejercicio de las libertades públicas, como quiere nuestra compañera Claudita Morales, a quien los vecinos de El Mango le recuerdan que “El que no vive la guerra es difícil que la entienda”.

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