Por: Lorenzo Madrigal

El pavoroso crimen

El tema de los falsos positivos es de suyo escabroso. No lo tocaré como investigador, que no lo soy, ni como acusador, oficio de fiscal que tampoco asumo. Diré dos o tres cosas como ciudadano espantado por el más atroz e impensable de todos los desmanes que ocurren con ocasión de una guerra. Es categórica la denuncia que hace de ellos don José Miguel Vivanco, a través de su dirigida Human Rights Watch.

No cabe en mente alguna que un hombre en armas, y estas de la República, asesine a un civil, para acreditar esa muerte ante sus superiores como trofeo de guerra.

Es el peor de los delitos, el más grande y no se diga más. El diario The New York Times, que bien vigila por los derechos humanos (ahora con las antenas puestas sobre el nuevo gobierno colombiano), advierte el peligro de que vuelvan los falsos positivos, lo que ha despertado la animosidad de muchos contra el Estado; lo raro es que no se escandalicen de igual forma con las atrocidades de la guerrilla, con cuanta muerte ha causado y sigue causando, en indefensión o en secuestro, a ciencia y paciencia de sectores políticos que se consideran afines a ella.

De los llamados falsos positivos debe quejarse la humanidad entera por la atrocidad del crimen en sí mismo; ahora bien, es el Ejército el que en últimas resulta estafado por sus hombres o el Gobierno estafado por su Ejército y, desde luego, la población civil, ajena a toda guerra, la cual es asaltada en su integridad por quienes deben protegerla. Causa extrañeza que los más quejosos sean la propia guerrilla y sus adláteres, cuando de los falsos combates no son los guerrilleros sus víctimas, sino ciudadanos comunes e indefensos. No los llamaría crímenes de guerra cuando no se dan enfrentamientos con enemigo alguno y más bien entrarían a otras categorías penales como delitos atroces que deshonran a los batallones y al propio Ejército por dentro.

Cierto que las instrucciones militares no debieran tener ese dejo tropero de insistir en resultados fatales. Las fuerzas armadas cumplen con lo previsto y sus actos no se realizan por el placer de hacer daño, sino con acciones muchas veces heroicas. Las nuevas cartillas no debieran redactarse con pasión alguna. Habría que buscar un término medio entre la conocida manu militari o dureza propia de cuartel y una eficacia militar civilizada. Decirlo es fácil.

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El expresidente Echandía, filósofo de la vida pública, se declaró ante Margarita Vidal, en reportaje del año 80, como avergonzado de los presidentes de su partido (aludía a Turbay y a López Michelsen), pues a la postre resultaban “firmones” de estatutos militares que se les imponían. Se llegó a decir que había entrado en demencia senil; por el contrario, cobraba la mayor lucidez de su existencia.

 

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