Por: Piedad Bonnett

El peligro del eterno retorno

Son personajes que fácilmente se pueden caricaturizar: Trump bien podría ser Ricky Ricón, el rubiecito engreído y millonario que le echa tierra a toda la pandilla en La pequeña Lulú o Manolito, el tosco muchachito capitalista de Mafalda; Kim Jong-un, el presidente de Corea del Norte, se parece en algo a Elmer Gruñón o a Cerebus the Aarvark, el personaje ya clásico de Dave Sim; y Maduro sería uno de esos animales grandulones que muestran los dientes en las películas de Pixar, o una versión agrandada de uno de los chicos malos. Y así podríamos seguir con unos cuantos jefes de Estado que, por tener mucho de ridículo o de patético, llaman fácilmente a burla. Pero, cuidado: todos ellos poseen el poder de aniquilar, y son tan arbitrarios, soberbios y violentos que en realidad distan mucho de estos personajes divertidos. Son peligrosos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, marcada por el terror nuclear, la humanidad tiembla de pensar en la posibilidad de una tercera. Sin embargo, la tendencia general es a pensar que no, que eso es imposible. De hecho, y como sostiene Yuval Noah Harari —ese autor que tantos hemos descubierto, fascinados—, ya las guerras no son hechos aceptados como naturales, como lo fueron siempre. Como demuestra con cifras, hoy en día “el azúcar es más peligroso que la pólvora”, y muere más gente por suicidio que como consecuencia de la violencia entre los hombres. “Más importante aún —añade— es que un segmento creciente de la humanidad ha llegado a considerar la guerra simplemente inconcebible. Por primera vez en la historia, cuando gobiernos, empresas e individuos contemplan su futuro inmediato, muchos no piensan en la guerra como un acontecimiento probable”. De manera paradójica, sin embargo, los gobiernos de ciertos países no dejan de invertir dinero y conocimiento en refinar el arsenal de guerra, e incluso, gracias a las constantes innovaciones tecnológicas, esta puede llegar a tener modalidades que nunca nos imaginamos. Pero más como forma de intimidar que otra cosa, pues “en la actualidad estamos acostumbrados a vivir en un mundo lleno de bombas y misiles que no se han lanzado” y que nadie cree que se van a lanzar.

Pero, ¿podemos estar seguros de que estamos a salvo? Aun detestando el tono apocalíptico o el espíritu catastrofista que lleva a profetizar horrores, habría que decir que no, no es imposible. No cuando a la cabeza de potencias poderosas tenemos no estadistas, sino papanatas sin cordura, como los ya mencionados, que se muestran los dientes como perros rabiosos. Y no, porque el hombre sigue siendo lobo para el hombre. ¿Creímos que el fascismo había muerto para siempre? Pues ahí está, sacando la cabeza otra vez, en muchos países. ¿Pensó Venezuela que lo que empezó Hugo Chávez como mero populismo e imitación de una revolución ya hace mucho fracasada iba a terminar en dictadura? Tampoco. ¿Estamos nosotros exentos de caer en un régimen de derecha, represivo y autoritario, o en un gobierno de izquierda corrupto y populista tipo Daniel Ortega? No se trata de meter miedo, sino de recordar las palabras de Yuval Noah: “Si estas leyes vuelven a alcanzarnos, será por nuestra culpa, no debido a nuestro destino inevitable”.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Piedad Bonnett