Por: Eduardo Barajas Sandoval

El peor de los miedos

No hay peor miedo que el que uno mismo se puede inventar, porque tiene a la mano las claves de las debilidades propias así como de la mejor forma de ponerlas a prueba. Si además se es capaz de extenderlo para convertirlo en patrimonio colectivo, terminará curiosamente, y en forma ampliada, jugando un papel similar al de los terroristas: hacer que los ciudadanos entren en zozobra y se pongan en breve tiempo en condiciones favorables al pánico. De lo cual tantos sacan provecho.

Con aire solemne, el alcalde de Nueva York apareció justo unas horas antes de los actos conmemorativos de los ataques a los Estados Unidos hace diez años, a informar que, según autoridades federales, existía una amenaza creíble y específica, aunque no confirmada,  de nuevos ataques terroristas a esa ciudad.  Hillary Clinton confirmó todo lo anterior. Ya se puede imaginar lo que tantos estadounidenses sintieron y sobre todo llegaron a creer con semejantes admoniciones.

En pocas palabras, y gracias a los complementos del mensaje de advertencia, los ciudadanos de ese país, tan proclives a ser manipulados por los aparatos publicitarios, quedaron tal vez con la idea de que, a pesar del muy buen trabajo de una década en la lucha contra el terrorismo fuera del territorio propio, y de contar con el mejor Departamento de Policía del Mundo, todavía sería posible otra carnicería como la de las torres derrumbadas hace una década. Y vaya uno a saber hasta qué extremos llegó la imaginación, que por lo general desarrolla habilidades infinitas de inventarse lo peor.

El espectáculo recuerda ese cuento, contado, atribuido a Gabriel García Márquez, según el cual una señora amaneció con la idea de que en el pueblo en donde vivía iba a pasar algo grave y el mensaje se fue extendiendo tan aceleradamente y bajo las más diversas formas , que esa misma tarde ya no quedaba nadie en el pueblo, que además ardía en llamas; y la señora se pudo dar el lujo de reclamar que tenía la razón, aunque temprano la hubieran tratado de loca.

También evoca la teoría del miedo, concebida por Michael Moore, desde un punto de vista muy crítico, claro está, según la cual América se pobló por personas huyendo del miedo,  que se encontraron con los indios y se temieron mutuamente,  que ganada la independencia tuvieron miedo de que los ingleses regresaran, y que portan y mantienen en armas en su propia casa para que nadie los vaya a atacar.

Un eminente colombiano dijo un día, delante del entonces Embajador de los Estados Unidos,  que esa nación se creía encargada de andar por el mundo haciendo males.  Corrigió enseguida para aclarar que lo que había querido decir era que los Estados Unidos se creían con el peso de la obligación de hacer el bien por todas partes. Pero no dejó de agregar que no hay lapsus que no tenga por allá su razón profunda. Lo haría pensar que con tantas cuentas pendientes, por hechos que pueden ser interpretados de una u otra manera, los estadounidenses de todas maneras tendrán siempre motivos para el temor. Como los que en Colombia ya no pueden vivir sin escoltas.

A propósito, los medios colombianos condujeron al país a sumarse a las conmemoraciones de Nueva York, lo cual no está mal, pero evoca la urgencia de ocuparse de también aquí de llevar a cabo eventos parecidos, para recordar las tragedias propias, siendo que aquí la cuenta de muertos, y de familias afectadas por actos de terror es mucho más amplia. Y donde el miedo también tiene proporciones muy grandes, y no es un invento.

 

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