Por: Eduardo Barajas Sandoval

El peor de los mundos

El enfrentamiento directo de musulmanes y cristianos en las calles de El Cairo es lo peor que le puede pasar al mundo de hoy.

Ya hemos tenido suficiente con la animadversión oficial de líderes políticos y religiosos, fundamentalistas de lado y lado, que han dedicado sus mejores esfuerzos a agrandar la brecha entre cristianismo e Islam. Y además entre capitalismo puro y duro, que asimilan abusivamente a democracia, y todo lo demás. Lo malo es que, sin perjuicio de las malas costumbres de discriminación adquiridas luego de tantos años de desinformación interesada, ahora haya gente del común, como dicen en todas partes, dispuesta a salir a la calle a guerrear contra los de la otra religión, y que sean capaces de quemar templos y acabar con la vida de los que, a pesar de reconocer que son hijos del mismo Abraham, consideran sus enemigos a muerte.

El distrito de Imbaba, en el Cairo, ha sido escenario de hechos que no sólo deben conmover a los ciudadanos de ese país en busca de nuevas definiciones luego de los tres decenios de autoritarismo de un presidente al que ahora han detenido, de manera ejemplar, para que rinda cuentas de lo que hizo y lo que dejó de hacer. Doce personas murieron y unas doscientas quedaron heridas hace una semana, cuando grupos de musulmanes y de cristianos se fueron a la violencia con saldo adicional de dos iglesias incendiadas.

Aparte de las pérdidas de vidas humanas y del trauma que entre los creyentes puede producir ver un templo de cualquier confesión reducido a cenizas, los sucesos del siete de mayo resultan preocupantes porque se atraviesan en momentos en los que la nación egipcia tiene la oportunidad de iniciar una era en la que se superen muchas controversias internas, entre ellas las que puedan tener origen en grupos radicales interesados en la confrontación. Si ese llega a ser el tono de este período de reconstrucción, las dificultades que se ven en el horizonte son incontables, particularmente para la minoría cristiana que en ese país está conformada por la Iglesia Copta, una de las más antiguas expresiones del cristianismo, que hasta ahora ha sido capaz de sobrevivir períodos de gran peligro y escaramuzas parecidas a las de ahora, por lo cual sabe muy bien la gravedad que conllevan.

El nuevo gobierno sabe muy bien, por su parte, lo que puede significar la creciente de un proceso de confrontación religiosa. Como respuesta ha anunciado que aplicará mano de hierro a quienes incurran en sucesos como los señalados, al punto de estar dispuesto a aplicar la pena capital a quien encuentre responsable de ese tipo de conducta. Pero ello no basta, porque ese tipo de amenazas son frecuentes y no está comprobado que existan los mecanismos para cumplirlas, sin perjuicio de que, una vez más, la dureza de la pena no es necesariamente un elemento capaz de producir diferencias grandes en la conducta antisocial.

Otra cosa sería si, justo en el momento en que los sucesos amenazaban con desencadenar la violencia y producir muertos e iglesias incendiadas, las autoridades hubiesen intervenido, con la mano de hierro que ahora anuncian, para suprimir de una vez el conato de batalla callejera. De pronto todos habrían quedado mejor advertidos. Pero todo parece indicar que, a pesar de esta al alcance de los grupos de radicales musulmanes Salamis, identificados como los que tuvieron la iniciativa de la agresión, cientos de policías se quedaron quietos a la hora de la verdad y cuando más hicieron disparos al aire, lo que se puede interpretar en cualquier sentido, pero en todo caso no produce el efecto de contener la embestida.

Es posible que las fuerzas armadas egipcias no estén entrenadas, como las de otros países, en cumplir funciones de policía y en tratar problemas de violencia ciudadana. Así lo demostraron justamente cuando la gente salió a la calle para derrocar a Josni Mubarak. Pero los conductores políticos del país tienen que saber que cuando las confrontaciones entre entes tan grandes como dos religiones de amplio cubrimiento se salen de las voces de jefes políticos o religiosos y llegan a la calle, será muy difícil controlar el desarrollo de los acontecimientos. Y también deberán tener claro que así como Egipto sigue siendo el paradigma para numerosos procesos del mundo árabe y de los países en los que conviven, o están llamados a convivir esos dos credos religiosos, lo que allí pase y la forma como se trate el problema podrían tener consecuencias de resonancia en otros lugares.

Todo el que aspire, todavía, a que el mundo sea un lugar de mayor entendimiento entre personas que crean en distintas interpretaciones de lo político, de lo religioso y del sentido de su propia vida, incluyendo por supuesto a los ateos, debería sumarse con entusiasmo, y a distancia aunque sea, al espíritu de las manifestaciones que algunos cristianos y musulmanes, juntos, han efectuado en la misma capital egipcia para rechazar la violencia de inspiración religiosa y clamar por una convivencia que, está probado, es posible conforme a los credos de cada una de las dos grandes religiones que muchos se empeñan en enfrentar.

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