Por: Oscar Guardiola-Rivera

El peor de todos los males

"¿Qué derechos y libertades deberíamos estar dispuestos a negociar con el fin de alcanzar la seguridad?", me pregunta Peter Florence, director de los Hay Festival. Difícil pregunta. Es viernes en la noche, estamos cansados y nos encontramos en un lugar muy especial: Beirut.

Este es el vecindario más candente del planeta, y lo digo no sólo por los treinta ocho grados a la sombra del verano libanés. El cronista del New Yorker Jon Lee Anderson acaba de llegar de Siria, al otro lado de la frontera, y se encuentra sentado en la audiencia. A mi lado izquierdo, procedente de Ramallah en Palestina, está la poetisa Dalia Taha, y a mi derecha se encuentran Najwan Darwish, también palestino, y Asne Seierstad, autora de ese impresionante testimonio acerca de la destrucción de Afganistán titulado El librero de Kabul.

En la mañana del jueves habíamos visitado el campo de refugiados de Shatila. Allí escuchamos, de labios de un sobreviviente, un recuento de la infame masacre que tuvo lugar aquí en 1982. Al terminar me dijo: “Aquí están mi hija y mi madre”. Ellas, y los restos de otras tres mil personas sacrificadas en nombre de la seguridad israelí y cristiano-libanesa.

Así que ya antes del 9/11 se practicaba la magia negra que permite hacer invisibles los hechos de los poderosos tras el humo y los espejos de la seguridad. Sólo que después del 9/11 esa coreografía oscurantista se volvió global, familiar en demasía, y para algunos cuando menos, natural y lógica. Desde el Asia hasta Oriente Medio, y desde Europa y los Estados Unidos a Latinoamérica.

Mientras caminábamos por las callejuelas derruidas de Shatila, el novelista Miguel Syjuco me recordó cómo en todas partes del globo, también en su patria filipina, se justifican las más atroces injusticias como un mal menor o necesario en nombre de la seguridad. Jon Lee Anderson, conocedor como pocos de la realidad latinoamericana, explicó cómo había presenciado algo similar durante la década pasada en Colombia. “Pero la mayoría prefería no hablar de ello”, dijo, “todos miraban en la dirección opuesta mientras los que osaban criticar al Gobierno de entonces eran perseguidos, millones de campesinos eran desplazados y miles, muertos o desaparecidos”.

“Es una elección falsa, una extorsión ética e intelectual”, le respondí a Peter, “toda vez que una sociedad acepta sacrificar vidas y libertad con el fin de alcanzar seguridad, cruza una frontera moral de la cual resulta muy difícil regresar”. Espero que mis compatriotas lo recuerden al escuchar a los artífices de la odiosa polarización que antaño llamaban “seguridad democrática”. Una vez más, nos proponen aceptar como si fuese un bien el peor de todos los males: el espectáculo grotesco de una población que acepta sacrificar una parte de sí misma para afianzar el bienestar del resto.

 

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