Por: Carlos Granés

El “performer” antigay que se desdibujará ante la indiferencia humana

En 1994, un performer chileno conocido como el Che de los Gais entró en el Congreso del Partido Socialista y desplegó una bandera de Chile con un gran hoyo en el centro. Esa rotura simbolizaba las comunidades LGBTI, que hasta entonces habían vivido en un vacío legal y social que bien quedaba reflejado con aquel hueco. Da la casualidad que 25 años después, un patriotero paisa, aspirante a político, ha revertido el mensaje con una performance similar. Carriel al hombro y poncho al cuello, y ante la oportuna cámara de un compinche que difundió la hazaña, cortó el cordel que sostenía una bandera gay que ondeaba desde un mástil en el Pueblito Paisa, en Medellín, y una vez en el suelo procedió a rasgarla con su navaja. Un gesto con el que buscaba lo mismo que quería negarles a los gais: visibilidad.

Porque eso es lo que animaba su incursión homófoba, armar escándalo, convertirse en noticia, llegar a los medios. La acción de este aspirante a político no fue en absoluto espontánea. Venía precedida por la polémica que habían causado las banderas gais colgadas en edificios públicos en varias ciudades del país, que habían creado un clima perfecto para los zarpazos de un provocador. Ya antes lo habíamos visto rasgarse las vestiduras porque con el proceso de paz se le estaba entregando el país al terrorismo; ahora el problema es que se le está entregando Antioquia a los maricas. Escándalo, escándalo y más escándalo a costa de los valores progresistas que se han venido imponiendo —lentamente, sí, pero con bastante arraigo— en la sociedad colombiana.

Decía que ya antes lo habíamos visto en acción, y así es. El improvisado performer es un habitual de los medios. Había sido noticia asediando a Vargas Lleras e insultando a Navarro Wolff, por ejemplo, y ahora lo vuelve a ser convirtiéndose en el referente de la homofobia criolla. Es evidente que con estos actos no se va a ganar la simpatía de la población culta y sensible; eso lo sabe y poco le importa. Lo que busca es ganar popularidad en los reductos más rabiosos de la sociedad, esos que bruxan un resentimiento difuso desde 2016 y que necesitan alguien a quien odiar. No es una estrategia en absoluto novedosa. Es el guion que viene siguiendo la ultraderecha de nuevo cuño en buena parte del mundo, la misma que le ha permitido a personajes mediocres y dudosos ascender rápidamente en la vida pública.

Y es que hoy en día el botín más codiciado es la atención del otro. En un mundo de incesante flujo de información y de plataformas donde cualquiera, desde el más inteligente al más obtuso, bombardea al público con contenidos, lograr que un grupo significativo de espectadores hagan un alto en sus rutinas para prestar atención a lo que se dice resulta cada vez más difícil. En esa selva, quien no tiene ideas utiliza la agresión y el escándalo, y es justo eso a lo que juega este personaje. Dice y hace idioteces que agreden la sensibilidad pluralista, inclusiva y tolerante para armar un terremoto con él como epicentro. Parece una payasada, pero últimamente a los payasos no les va nada mal en política. De manera que lo mejor es no caer en la trampa del escándalo, y permitir que la imagen de este y de los demás aprendices de Bolsonaro se diluya en la amnesia y la insignificancia.

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2019-07-04T14:29:58-05:00

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2019-07-04T16:35:15-05:00

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