Comunidad de Bojayá le da el último adiós a las víctimas de la masacre de 2002

hace 11 mins
Por: Tatiana Acevedo Guerrero

El personaje del año

En la semana que se acaba la Personería del Pueblo informó sobre los hallazgos de diez de sus funcionarios, quienes viajaron a través de la cuenca del río Atrato, por los municipios de Bojayá, Vigía del Fuerte, Murindó, Carmen del Darién, Riosucio, Unguía y Turbo. El río, anunció la institución, está a merced de tres actividades que además de desviar su cauce transforman sus aguas en veneno para los peces, las matas y las personas. La primera de estas actividades son las disputas entre paramilitares (fuerzas de Autodefensas Gaitanistas y el Clan del Golfo), milicianos del Eln y otros criminales a destajo que se disputan la repartija de rutas de drogas, la propiedad de las tierras y los espacios en la regulación de la vida que quedaron abiertos luego de la desmovilización de las Farc. Son estos hombres armados los que permiten las dos otras actividades. Una es la minería ilegal, cuyas rutinas incluyen arrojar mercurio, cianuro, combustibles y lubricantes desde el propio nacimiento del río, en el Carmen del Atrato. Otra es la deforestación rápida de la cuenca.

Se suma a todo esto la escasez en los presupuestos municipales que determina el poco cuidado en el manejo de basuras. Y no sólo son pobres los recursos, sino la población civil en general. La tasa de pobreza de los municipios que bordean al Atrato es alta y evidencia la ausencia de infraestructura y de oportunidades por fuera del rebusque, las armas o la migración. Un habitante lo resumió en tres frases: “Trabajamos en la minería artesanal y la agricultura a pequeña escala. No tenemos empresas o industria en esta región. Tampoco tenemos apoyo gubernamental”.

El Atrato, los pueblos que lo habitan, las mujeres y hombres que constitucionalmente lo protegen intentaron hacer frente a estas distintas afrentas, sin fondos estatales ni mayor atención de las instituciones en Bogotá. La sentencia T-622 declaró al río Atrato como un sujeto de derechos y es por esto que protectoras y defensoras del río, conocidas como las Guardianas del Atrato, han viajado por el país los 12 meses de este año para contar historias, compartir y reflexionar sobre formas de proteger el río y la vida que lo rodea. Este activismo atrateño une a poblaciones negras con pueblos indígenas. Maryury Mosquera Palacios, guardiana e ingeniera agrónoma afrodescendiente, lo recuerda cada que le preguntan: “Nosotras tenemos un vínculo especial (…) Bañar a nuestros hijos, cocinar, lavar, las actividades culturales. Dependemos de él y por eso es importante sanarlo”. Esta defensa implicó, en 2018, hacer frente a amenazas e intimidaciones pues la lucha es contra “foráneos que tienen el control de las minas de oro ilegal y el poder de las armas”. “Detrás de esas personas hay grupos armados que están en las zonas. En este caso el Eln, que ocupa todo ese territorio. Sus intereses son los cultivos ilícitos y la minería. Por nuestra parte, seguiremos defendiendo nuestro territorio”, contó Nixon Chamorro, guardián y líder indígena de la comunidad embera-dóbida.

El padre Sterlin Londoño Palacios, que creció en Yuto, Chocó, le ha escrito poesía y canciones al río. “Los grupos paramilitares quieren la tierra, por lo que harán cualquier cosa para obligar a la gente a irse”, explicó recientemente al hablar de los enfrentamientos que se llevan a cabo en la cuenca y de los desplazamientos forzados que se dan aún hoy, después de las desmovilizaciones de paramilitares y Farc (el año pasado, más de 1.900 personas fueron desplazadas por la violencia en el Pacífico, de acuerdo con Naciones Unidas). “El Estado necesita dar a conocer su presencia en el Chocó”, dijo Londoño, “los paramilitares saben que pueden hacer lo que quieran sin consecuencias. Si el ejército comenzara a brindar seguridad, eso contribuiría en gran medida a establecer una estabilidad básica para que podamos centrarnos en problemas más profundos”. “Mi padre no tuvo una educación”, añadió el padre Londoño. “Mi abuelo no podía leer, y tampoco su padre. Mi quinto bisabuelo era un esclavo. Eso es con lo que estamos lidiando aún hoy. Muchos de nosotros todavía sentimos eso aquí”.

Es el Atrato el personaje que mejor representa a este 2018 difícil. El río, los pueblos, las heridas y los sueños que abraza.

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