Por: Daniel Pacheco

El pesimista necesario

SI USTED TIENE SUEÑOS DE QUE COLOMBIA puede ser un mejor país, de que el cambio a través de la democracia es posible, de que falta hacer la paz para desatar el inmenso potencial colombiano, escuche a Juan Ricardo Ortega, el exdirector de la DIAN.

Ortega destruirá sus esperanzas, hará añicos estas ensoñaciones y lo hará sentir ingenuo, mal informado y parte de un sistema corrupto impenetrable, incluso al mejor acuerdo de paz imaginable.

Ortega, que ahora trabaja para el BID en Washington, a donde se fue a vivir luego de una muy publicitada serie de amenazas, estuvo en la Universidad de MIT recientemente hablando en un evento de estudiantes colombianos de las universidades del área de Boston.

Frente a los estudiantes arrancó con una anécdota. Cuando promovía entre congresistas la propuesta del gobierno Santos de cambiar la denominación del peso, para quitarle tres ceros —y hacer inservibles las caletas en efectivo que tienen escondidas corruptos, narcos y contrabandistas— recibió una airada protesta de un senador, a quien identificó como un costeño que tiene “problemas con la sexualidad”. “Eche, ¡tú le quitas tres ceros al billete de 50 mil y quién me va a vender el voto por 50 pesos!”, le reclamó el padre de la patria.

El problema nace en que la mayoría de los colombianos no son libres de decir que no, dice Ortega, parafraseando la definición de libertad del francés Philip Pettit. No son libres, por ejemplo, para decirle no al billete de 50 mil pesos por el cual cambiarán su voto. No son libres para enfrentarse al político que en su municipio define quién va al colegio y quién no, quién tiene salud y quién no. Este es el “mundo de hechos, no de palabras”, dice Ortega.

En el mundo de palabras, profusas en el caso colombiano, todo el mundo tiene derecho a la educación y la salud. Pero eso no se cumple. “La mayoría de los colombianos están subyugados”, agrega, “no por una gran conspiración ni por un gran Machiavelo”. Están subyugados por un sistema de clientelismo y corrupción que maneja el presupuesto público y opera con total impunidad.

“Usted tiene unos barones electorales que tienen el lujo de no salir en televisión y son increíblemente poderosos. Porque tienen una población prisionera y esclava”. Estos barones, dice el exiliado exdirector de la DIAN, tienen todos familiares en las entidades de control, la Procuraduría y la Contraloría, gracias a los votos que dieron para elegir a los contralores y procuradores de turno. Con sus familiares y amigos adentro de estas entidades tienen garantizada la impunidad por prescripción de términos. Un papel que se embolata, un proceso que se archiva.

“Nosotros tenemos presidentes muy débiles”, dice Ortega, contradiciendo las quejas por el presidencialismo colombiano. Pinta a sus dos anteriores jefes, Uribe y Santos, como personajes de buenas intenciones, prisioneros de un sistema inmodificable en el que necesariamente terminan transando, o porque llegaron empeñados, o porque quieren hacer un par de cosas por las cuales tienen que pagar el peaje de presupuesto a los barones de los votos que manejan el sistema.

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