Por: Andrés Hoyos

El peso holandés

El equipo económico de Bancolombia, encabezado por Daniel Niño Tarazona, pronostica una tasa de cambio de $1.600 por dólar para 2017. Cuando tuitié este dato en busca de reacciones, Alberto Bernal, el prestigioso analista económico de CNN en español, me respondió que él esperaba una tasa de cambio de $1.400 por dólar para la misma fecha, siempre y cuando el país evitara ser víctima de un accidente populista.

No soy economista, como Alberto, pero me late que una perspectiva como esta en un ambiente de muchos tratados de libre comercio implicaría un cambio de modelo económico en extremo peligroso. Para Alberto, una moneda fuerte es sinónimo de progreso, a lo que habría que responder que quién sabe.

Tomemos tres ejemplos. Japón vivió tasas de crecimiento espectaculares con un yen barato, y tras la revaluación de fines de los ochenta, sumada al estallido de una burbuja bursátil, la economía japonesa nunca ha vuelto a crecer en forma vigorosa. ¿Coincidencia? Quizás. China, el gran vecino del Japón, se ha resistido hasta ahora a todas las presiones para revaluar el yuan, que mantiene artificialmente bajo. ¿Si la revaluación fuera la bala de plata del desarrollo, por qué los chinos no la usan? Pero quizá el caso más dramático sea el de España, un modelo que nos solían vender con ahínco. En la era de la peseta barata, el país era más primitivo que hoy, pero a cambio tenía una base industrial razonable, cuyas ruinas uno puede ver si viaja en tren de Bilbao a Madrid. La llegada del euro quebró a miles y miles de empresas, al tiempo que permitió que una minoría creara las grandes multinacionales españolas, como Telefónica, Gas Natural-Fenosa y BBVA. Sobrevivieron unas pocas empresas industriales y prosperó una economía de servicios. Hoy España tiene una tasa de desempleo impresionante y añora los tiempos en que podía devaluar la peseta. La lástima es que para ser de nuevo un país competitivo no tiene otra salida que un dolorosísimo y largo proceso de deflación.

La revaluación implica un crecimiento automático del poder de compra de un país, con el bemol de que sólo se puede ejercer con mercancías importadas. A $1.400/$1.600 por dólar habría muchas más multinacionales colombianas y sus pocos dueños entrarían, uno por uno, a la lista Forbes. En paralelo, el acelerado proceso de “destrucción creativa” llenaría al país de lisiados económicos.

La principal razón para que exista esta perspectiva de la llamada enfermedad holandesa reside en que Colombia está poniendo un gran énfasis fuerte en las industrias petrolera y minera. Ambas generarían tal flujo de inversión e ingresos externos que el peso no podría evitar la revaluación. Por eso, para ralentizar la revaluación hay que ralentizar esas industrias. Se podría hacerlo a la brava, si bien el camino civilizado es endurecer bastante el régimen de regalías, haciéndolo variar según los precios internacionales de cada producto. Este esquema tan sólo aplica hoy de forma tímida en la industria petrolera; las demás pagan tasas fijas. Todas estas industrias, con la posible excepción del carbón (muy problemático en términos ecológicos), viven lo que podría llamarse la paradoja de la escasez, según la cual el recurso se valoriza bajo tierra. Ergo, es preferible extraerlo más lentamente.

Me resta una pregunta para Daniel Niño: si la tasa de cambio llega a $1.400/$1.600 por dólar en 2017, ¿Bancolombia sí le prestaría plata a un exportador no minero?

[email protected] @andrewholes

 

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