Por: Hugo Sabogal

El Pinot Noir

Esta variedad de vino   crea  una sensación perdurable en el paladar y la memoria.

Los aromas del Pinot Noir pueden ser amaderados, frutales o terrosos. Colombia fue, hasta hace 10 años, un país dominado por muy pocas variedades de uva.

Los grandes volúmenes correspondían a vinos elaborados con Cabernet Sauvignon y Merlot (tintas) y Chardonnay y Sauvignon Blanc (blancas), en su mayoría procedentes de Chile. El Cabernet y el Merlot se llevaban más del 90 por ciento del total.

Por su parte, los españoles provenían, en su mayoría, de la tradicional zona de la Rioja, donde la cepa Tempranillo ha sido la columna vertebral de las más reconocidas etiquetas. Argentina, Francia, Italia, Portugal y California mantenían una representación minoritaria.

Actualmente, la ecuación ha cambiado y Argentina ha entrado con fuerza (igual que su Malbec y su Torrontés), mientras que el elenco de variedades es cada día más frondoso. También ha aumentado el consumo de rosados y espumantes, y ha crecido el ingreso de aquella uva que los especialistas llaman “la variedad de los conocedores”. Me refiero a el Pinot Noir, columna vertebral de los vinos franceses de la Borgoña y componente fundamental en los grandes espumantes de la Champaña.

Frente a las más de 1.000 referencias de vinos disponibles en supermercados y tiendas especializadas, el número de etiquetas de Pinot Noir no pasa de 30. Pero esto es un gran logro frente las dos o tres que existían hace apenas una década.

Las hay de origen francés, por supuesto, pero también chilenas y argentinas. Entre las primeras, además, figuran algunas de las más reconocidas en todo el mundo.

Aunque el mercado necesita todavía familiarizarse y tomarle el gusto al Pinot Noir, hay otras razones que inciden en su baja representatividad. La principal de ellas es que el  Pinot Noir es una variedad difícil de manejar en el viñedo, debido a su fragilidad genética. También presenta riesgos en la elaboración y en la guarda, y exige un control estricto de temperatura a la hora de servir una botella en la mesa.

Si miramos brevemente su pasado, el  Pinot Noir nos revela muchas sorpresas. Para empezar, es uno de los cepajes más antiguos en la historia de la humanidad. Los romanos la conocían con el nombre de Helvenacia Menor; los alemanes la bautizaron con el nombre de Blauburgunder o Spätburgunder; los croatas la llamaron Burgundac; los griegos e italianos prefirieron el apelativo de Pinot Nero, mientras que Suiza y Nueva Zelanda optaron por el de Clevner o Dole.

Pero cualquiera que haya sido el mote para identificarla, lo cierto es que el  Pinot Noir debe su fama y reconocimiento a que forma parte integral de los vinos de la Borgoña, en Francia. Es, sin más ni más, su principal componente. En verdad, es hecho insólito, pues la región apenas mide 3,2 kilómetros de ancho y 48 kilómetros de largo. Su eje central es la afamada Côte d’Oro “cuesta o falda de oro”, donde la tradición y el conocimiento de la uva por parte de los viticultores se unieron para generar resultados consistentes de excelencia.

A pesar de las permanentes amenazas, los mejores Pinot Noir crean una sensación perdurable en la memoria y el paladar. Su paleta de aromas es amplia, y sus sabores son elegantes y aterciopelados. Algunos llegan a decir que el Pinot Noir es como una seda líquida que acaricia la boca.

Al tratarse de una variedad frágil y ligera, no suele tener un potencial de guarda prolongado. Los grandes Borgoña pueden durar más de 20 años, pero, en general, el tiempo máximo de conservación no pasa de los cinco a ocho años. Así es que más vale tomárselos a tiempo.

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