Por: Manuel Drezner

El placer del descubrimiento

Uno de los grandes placeres en la música es el de descubrir o redescubrir obras maestras que por cualquier razón no están en el repertorio habitual y que resultan dar un placer estético que conmueve. Este fue el caso del concierto del llamado Conjunto de Cámara del Festival de Jerusalén, en el Teatro Santo Domingo, un grupo que, a pesar del nombre, está compuesto por artistas alemanes de primera categoría, a juzgar por las versiones profundas y técnicamente impresionantes de las obras del programa.

Antes que todo, hay que decir que fue un programa excelente, sin concesiones, con cuatro obras maestras, y que es ejemplo de cómo deberían ser los repertorios de todos los conciertos. Pero la obra que impresionó de manera excepcional fue el Quinteto para piano y cuerdas del ruso Alfred Schnittke, una obra dramática, elocuente y poco conocida, a pesar de que de ella hay media docena de grabaciones, lo cual refleja su importancia. Schnittke, después de transitar por la música serial, decidió que ésta era demasiado opresora y limitaba la libertad creativa y pasó a lo que bautizó con el nombre de “poliestilismo”. Ejemplo de lo que es se vio en el concierto, donde se pasaba de un vals altamente estilizado a momentos de disonancias crueles, pero que bien representaban el homenaje que quiso hacer el músico a su propia madre y a su maestro Shostakovich, quienes murieron durante la composición de la obra. El oírla se puede catalogar como uno de los redescubrimientos maravillosos de que hablé antes.

El concierto incluyó igualmente el cortísimo pero elocuente Cuarteto de Webern, quien destilaba sus creaciones hasta el punto de que su obra completa sólo llena tres discos compactos. Además se oyó el bello Quinteto con piano de Schumann, que hasta donde yo recuerde jamás se había tocado en vivo en Bogotá en una versión sonora y acertada. La presentación se había iniciado con uno de los cuartetos con piano de Mozart, otra obra de altura que tampoco se toca con la frecuencia que merecería, y menos con ese sabor mozartiano que el grupo supo darle a su versión.

En resumen, un concierto de primera categoría, que a un programa de altura sumó un grupo de gran musicalidad. Como nota al margen, vale la pena aplaudir la decisión de no dar bises, ya que un concierto de tanta profundidad hubiera perdido con esa mala costumbre de las adehalas.

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