Por: Salomón Kalmanovitz

El plagio

HAY UNA ACTITUD COMPLACIENTE frente al plagio en las universidades colombianas. En un centro de investigaciones de una muy prestigiosa universidad pública se citó extensamente de un documento en comillas pero sin la nota de pie de página. El problema pareció surgir de una digitación descuidada pero el director del centro lo tomó deportivamente; manifestó que estaba en contra de la defensa de los derechos de propiedad en general (es antiimperialista) y le importaba poco que se hurtara propiedad intelectual.

Un profesor de una universidad privada líder frecuentemente plagiaba los trabajos de sus estudiantes sin reconocimiento alguno. Los que protestaban no eran escuchados por las autoridades académicas quienes, de alguna manera, protegían a uno de los suyos. El profesor de marras se sintió tan protegido que procedió a plagiar parte de una obra de una colega, la cual enfurecida lo demandó. A la universidad le correspondió, ahora sí, destituir al plagiador, quien, sin embargo, continúa publicando profusamente a nombre propio desde entidades públicas.

En otra universidad privada, a un profesor de la misma que cursaba una especialización se le sorprendió utilizando un documento ajeno sin citarlo. En un principio la administración conceptuó que hubo tan sólo la intención de plagiar y no configuraba infracción, barriéndolo todo debajo de la alfombra. Se cuestionó, sin embargo, si un profesor que plagiaba no estaría enseñando a sus estudiantes las mejores técnicas posibles del delito y se argumentó que la falta era tan grave como para, por lo menos, impedirle enseñar nuevamente en la universidad.

Encuentro en mi experiencia que los estudiantes recurren a internet, principalmente a Wikipedia, lo cual no está mal para una primera exploración de un tema pero sí lo está copiarla y pegarla, incluyendo sus subrayados, sin reconocer que se tomó de esa fuente. La falta es fácil de localizar, utilizando motores de búsqueda y examinando qué tan extensiva es la citación y hasta dónde llega la falta de reconocimiento de la fuente.

El plagio es una falta muy grave. Su origen etimológico destaca que el plagio es también el secuestro de una persona. Así también en las áreas de la invención, la literatura y las ciencias sociales, el plagio es el secuestro de unas ideas, un invento o partes de un ensayo, aunque no está de por medio que extorsione por la devolución del objeto plagiado. Cuando queda demostrado que una persona cometió plagio, genera una intensa vergüenza en el perpetrador.

 La citación de una fuente revela respeto por las ideas de otros autores y separa las ideas propias de las de otros que se utilizan para construir una argumentación. Es una primera medida de honestidad intelectual y es una de las reglas de oro fundamentales con que se organiza una comunidad académica. Los que vulneran esa regla son expulsados de las comunidades respectivas y su prestigio queda gravemente resentido. El derecho de propiedad se ha extendido a la defensa de inventos, música e ideas y las cortes disponen de penalidades diversas para castigar el delito. Se ha argumentado incluso que la ausencia de protección de las patentes induce a que se reduzcan los rendimientos de la invención y los incentivos para acometerla.

 El plagio revela  incompetencia para asumir la investigación y redacción de un ensayo.  Se trata de un atajo para escapar de la labor de investigación y redacción cuidadosa, evidencia de pereza. Y aunque la pereza es también la madre de la invención, aquí es la madre de la simulación. Porque el plagio es al mismo tiempo una alteración de la verdad, una mentira pública o frente al profesor mediante la cual el plagiador captura beneficios con base en esfuerzos ajenos. El plagio, por fin, atenta contra el propio desarrollo intelectual del estudiante, quien no confía en sus atributos y no está dispuesto a calificarlos  sino que roba el de los demás. Confieso que en esta columna consulté Wikipedia sobre el plagio.

 

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