Por: Julio César Londoño

El plomo arrasa, el bronce recuerda

EL ANTEPROYECTO DEL PRESUPUESto de 2010 que presentó Minhacienda la semana pasada causó preocupación en los medios culturales.

De los $428.000 millones que solicitó Mincultura, sólo le aprobaron la mitad; con el agravante de que esta mitad tiene que ser compartida con Coldeportes y otras entidades. En síntesis, a la cultura llegarán finalmente $180.000 millones. Para la defensa, en cambio, se destina un presupuesto espléndido… e incontrolable, porque auditar a las Fuerzas Armadas es difícil y peligroso. (¡Detente, cálamo!).

El gasto en defensa es prioritario, porque la gente odia a las Farc. Y las odia porque son infames, sin duda, pero sobre todo porque a los medios, en especial la televisión, les encantan las noticias de orden público. Les interesa más una escaramuza guerrillera que un festival de teatro, digamos, rellenan con viejas imágenes de apoyo los exiguos datos de la escaramuza y no vacilan para sacrificar al dios rating nuestra percepción de la realidad.

No voy a negar que estamos en guerra (no soy jefe de prensa de Palacio), pero estoy seguro de que si los medios cubrieran con el mismo frenesí otras tragedias (Upac, vivienda, parapolítica, educación, salud, empleo, corrupción), la opinión pública establecería mejor las prioridades del país, nuestros dirigentes tendrían que dedicarse a resolver las causas de la violencia en lugar de luchar con sus efectos y el Estado no tendría que estar persiguiendo a los tataranietos de Guadalupe Salcedo, ni a los hijos de los Rodríguez Orejuela, ni a los paracos de segunda generación, ni al enésimo capo del narcotráfico, la enésima culebra de la cabeza de la medusa, por los siglos de los siglos. Si fuera cierto que los problemas del país se arreglan con bala, Colombia sería mejor vividero que Suiza, Canadá y Noruega juntas. Si algo le sobra a nuestra historia, son montañas de lingotes de plomo. Lo único que logra la guerra es reemplazar unas hordas por otras más bárbaras y poderosas. Ya lo advirtió Paul Valéry: Un edificio social es más sólido cuanta menos fuerza requiera para sostenerse.

Otro sofisma peligroso es la creencia de que la cultura es una cosa suntuaria, algo reservado a princesas e intelectuales. ¡Qué bobada! Como si el obrero y la empleada no necesitaran la música para volar, como si la poesía no fuera una actitud ante la vida, una manera de sentir y de estar en el mundo antes que un producto intelectual.

El arte, las religiones y hasta la ciencia son de origen popular. Todo va de abajo hacia arriba, del pueblo a las altas esferas sociales. Hasta los alimentos. Lo único que viene de arriba son las bombas y los impuestos. La Biblia fue primero una tradición oral; Heine y Goethe tomaron la leyenda del Fausto del folclor alemán; el astrónomo fue primero astrólogo; de los sobadores y de los barberos, que hacían sangrías, salieron los médicos; los talleres de los vitralistas, los herreros y los ebanistas fueron los primeros centros tecnológicos.

Aclaremos que Mincultura no está mendigando, sino exigiendo lo que le corresponde. Las empresas culturales son un sector de la producción que aporta el 2,3% del PIB (periódicos, libros, revistas, películas, discos, telenovelas, conciertos, etc.) y requieren, como todos los sectores, que el estado reinvierta en ellas parte de las utilidades que producen los renglones más lucrativos y subsidie los más frágiles (patrimonio arquitectónico, p.e.).

Entendemos que el palo no está pa cucharas, es cierto, pero eso no justifica el dramático tijeretazo a la cultura que se está cocinando. Un Gobierno que les da la mano a los industriales, a los vendedores de carros y a los banqueros, ¿no podrá tendérsela también a sus artistas?

 

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