Por: Luis Carlos Vélez

El poder absoluto

“El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los grandes hombres son casi siempre malos hombres”. Son las palabras de John Acton, uno de los historiadores británicos mas importantes del siglo XIX. Sus escritos se centraron en la religión, la libertad y la política.

La frase hace parte de un intercambio pastoral entre Acton y un arzobispo de la Iglesia de Inglaterra en 1887. El religioso criticaba un fenómeno que señalaba como moderno e identificaba como la tendencia a criticar innecesariamente a las figuras de autoridad. Acton no estaba de acuerdo; aunque católico, no podía ignorar los casos de corrupción de los papas del momento o incluso sus abusos. En una de las cartas dice: “No puedo aceptar su idea de que no podemos juzgar al papa o al rey como a los demás y favorecerlos con la presunción de que no hacen el mal. Si existiera presunción, ésta debería ser que a medida que aumenta el poder debe aumentar el juicio. La responsabilidad histórica debe someterse al deseo de una responsabilidad legal”.

El argumento cae como anillo al dedo por estos días en nuestra región. Acton sostiene que los líderes que tienen poder absoluto se corrompen, algo que aplica a los que se consideran reyes en nuestros países. Esos que han cambiado las leyes en su beneficio, que han acorralado a los medios de comunicación y callado a sus contrincantes. Pero la realidad es que por estos días en que las comunicaciones son tan efectivas y el descontento se disemina tan rápido como un mensaje por Twitter, cada vez es más complicado pensar que el poder es para siempre y mucho menos si se abusa constantemente de él.

La semana pasada, la justicia Argentina imputó a la presidenta Cristina Fernández por presuntamente encubrir a los autores del ataque terrorista a la AMIA en Buenos Aires en 1994. De la misma manera, los días cada vez se hacen más insostenibles para un Nicolás Maduro que no solamente carece de las herramientas intelectuales para manejar la debacle económica que su nación atraviesa, sino que también se quedó sin plata para apagar el incendio.

Doña Cristina es la primera en darse cuenta de eso en estos años, ya que deberá enfrentar a la justicia frente al interés instantáneo global. De la misma manera, aquellos que piensan que estos líderes, que empezaron como salvadores, deben tener un tratamiento diferente por su fuero especial, se equivocan. La justicia es para todos y, lo que es peor para ellos, las expectativas para que hagan uso del poder bajo los parámetros de la ley son cada vez más altas.

El episodio de Cristina debe alertar a los reyes de la comarca. La justicia llega porque llega y para Colombia, aunque muchos no quieran, debe ser igual.

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