Por: Piedad Bonnett

El poder de la independencia y la dependencia del poder

El despido de Daniel Coronell de la revista Semana a través de una llamada de Felipe López no sólo es un rudo golpe a la libertad de expresión, sino una muestra de hasta qué punto pueden llegar las alianzas de los poderosos cuando se trata de callar verdades incómodas. Muchos aducen que Semana es una empresa privada y que sus dueños pueden prescindir de sus “empleados”, máxime cuando estos ponen en duda los principios éticos de sus patrones. Pero resulta que una revista no es una empresa cualquiera: de su compromiso con la verdad, de su objetividad, dependen su credibilidad y el respeto y fidelidad de sus lectores. Un medio de comunicación serio debería no sólo estar abierto a la diversidad de posturas ideológicas, sino a la disidencia crítica en su interior, siempre y cuando esta se exprese con rigor, altura y decencia. Cualidades que ha tenido siempre Daniel Coronell, y que se manifestaron claramente en el tono de su columna “La explicación pendiente”.

La independencia del periodista —y ese es su único poder— lo obliga a cuestionarlo todo, a indagarlo todo, a no autocensurarse por miedo, a ser conciencia crítica y autocrítica. En eso consiste su valía. El gesto de despedir a Coronell entraña desagradecimiento, pues durante 14 años este columnista fue uno de los pilares del prestigio de la revista; entraña también autoritarismo, una forma de decir “aquí mando yo”, o “a mí nadie me viene a decir cómo tengo qué hacer las cosas”, más propia de un padre decimonónico o de un patrón despótico que de un medio intelectual en que se mueven ideas y argumentos; y también torpeza: era mucho más inteligente desmentir a Coronell o persistir en el argumento de Alejandro Santos de que se trató de una chiviada de The New York Times, y dejarlo seguir con su columna. Despedirlo, en cambio, hace pensar que tienen razón los suspicaces que señalan que Semana está cada vez más alineada con el gobierno de Duque y el señor que lo maneja, y que no es compatible la libertad de prensa con los intereses políticos y económicos de los nuevos socios empresariales.

No creo que Coronell sufra mayores daños. Su prestigio es tan sólido que rápidamente va a encontrar el lugar propicio para seguir con su tarea de investigación y denuncia. En cambio, Semana se hace daño en tiempos difíciles, en que los viejos modelos periodísticos están llamados a reinventarse. (Y no puedo decir que me alegro, porque aprecio la larga e importante trayectoria de la revista, y la labor de algunos de sus columnistas y de Alejandro Santos y Rodrigo Pardo, magníficas personas y excelentes periodistas). Pero, sobre todo, sufre el periodismo, que se siente irrespetado y amenazado. Y sufre el país nacional, que en momentos tan turbulentos y emponzoñados como los que vivimos, aspira a ser informado por medios de comunicación libres y responsables.

Gestos despóticos como el despido de Coronell —que tiene, en tiempos recientes, dos o tres antecedentes similares—, traen también como consecuencia un resentimiento comprensible de muchos contra formas de dominio en que perviven rasgos feudales. Resentimiento que se acumula y que puede fácilmente buscar el cauce de un populismo revanchista.

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2019-06-02T00:00:50-05:00

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