Por: María Elvira Samper

El poder de la indignación

LA INDIGNACIÓN, ESE ESTADO DE REvuelta, esa reacción de impotencia, de frustración, de derrota, de no saber qué hacer frente a un estado insoportable de cosas, puede pasar de ser un sentimiento de individuos aislados y, por consiguiente, estéril, a ser uno colectivo de protesta.

Sucedió en España con el 15-M, que nació y se reprodujo por las redes sociales, impulsado por los jóvenes con la consigna de “democracia ya”, en presente, como realidad y no como promesa. Un movimiento ajeno a partidos políticos y sindicatos que se manifestó contra un sistema económico y de valores agotado, y contra los políticos, sordos a los reclamos de las mayorías.

También fue la indignación la que se expresó en Wall Street en 2008 contra los banqueros responsables de la crisis económica, y la que en Islandia llevó a la rebelión social pacífica, a la dimisión del gobierno en pleno y a reformar la Constitución. La misma que en el mundo árabe se tradujo en las protestas contra gobiernos dictatoriales y corruptos que han sumido al pueblo en la pobreza y conculcados sus derechos. La misma que aquí se manifestó en las marchas ciudadanas contra las Farc y que nutrió la “ola verde”, atraída por el discurso mockusiano sobre el carácter sagrado de la vida y los recursos públicos, y contra el “todo vale”.

Han sido los jóvenes, sin estructuras jerarquizadas ni líderes visibles, los catalizadores del descontento y el malestar acumulados, y las redes sociales les han servido para propagar los mensajes. Más importante aún es que lograron convertir la indignación en reacción a un daño colectivo, en sentimiento moral. La indignación como comienzo de una ética pública.

No es un concepto nuevo, pero cobra cada día más vigencia. Fue desarrollado en los años 50 por el sociólogo francés Pierre Bourdieu en el contexto de la guerra de Argelia y retomado en los 80 por el sacerdote sudafricano Albert Nolan, que reivindicó la ira como fuerza moral para enfrentar el Apartheid. Hoy, Stéphane Hessel, uno de los redactores de la Declaración de los Derechos Humanos y antiguo miembro de la resistencia contra los nazis, la destaca en su libro Indignaos —un fenómeno editorial en Europa— como el detonante de la protesta contra el enriquecimiento amoral y la impunidad de los responsables de una crisis que ha golpeado a los más débiles. Entre nosotros, Antanas Mockus incorpora el concepto en su ideario político. A raíz de las marchas contra las Farc en 2008, en un artículo para la revista Cambio escribió: “La marcha nos permitió reconocer que no sólo somos millones los que coincidimos en un juicio de valor sobre las Farc y sus métodos, sino que somos millones los que a partir de ese juicio podríamos aportar algo a una acción colectiva”.

Las movilizaciones no son sólo pataleo, son punto de encuentro: las personas se dan cuenta de que no están solas, que comparten angustias y necesidades, que pueden hacerse oír. Y todos a uno han gritado que descreen de los políticos, de los economistas, de los gobiernos, que rechazan un sistema que genera pobreza y desempleo, que quieren cambio.

En Colombia, donde todos los días despertamos con el simbronazo de un nuevo escándalo y constatamos que el dinero de todos termina en manos de pocos, que los partidos no nos representan, que los gobiernos no dan la talla, que los intereses privados invadieron lo público, que la pobreza, el desempleo y la desigualdad no ceden, no indignarnos es el peor de los silencios: el silencio cómplice. Indignarnos no es suficiente, es cierto, pero es un comienzo. Basta mirar más allá de nuestro ombligo.

 

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