Por: Francisco Gutiérrez Sanín

El poder de la nostalgia

Escribe Mauricio Vargas que el Gobierno colombiano ha tratado mal la crisis invernal y que a Uribe ya lo hubiéramos visto en botas pantaneras, recorriendo los campos inundados y solucionando los problemas.

No se necesita estar de acuerdo con el actual manejo de esta gran tragedia para darse cuenta de que Vargas cae en la trampa de la nostalgia. Si se hubiera preocupado por revisar los datos sobre lo ocurrido entre 2002-2010 se habría dado cuenta de que, en materia de obras públicas, es difícil encontrar en la historia del país un desempeño más pobre, más errático, más manchado por la corrupción que el célebre octenio que acaba de pasar. ¡Pero si fue el reinado de los Nule y sus pares! (No, no todo pasó en Bogotá). Vargas tiene todo el derecho de entusiasmarse con las primorosas botitas pantaneras del expresidente —las columnas son para eso—, pero cualquier evaluación seria de las políticas públicas en la última década generaría un resultado distinto del que ha querido sugerir.

Voy más allá. Una simple apertura a indicios de signo diverso también serviría de antídoto contra las trampas de la nostalgia. Por ejemplo, del relajo en que se convirtió el aeropuerto Eldorado —del cual soy visitante más o menos asiduo—, la mayor innovación a destacar en el último lustro fue un, también primoroso, puesto de una empresa de artesanías y sombreros vueltiaos, Salvarte, plantado en un lugar estratégico del pabellón internacional. En algún momento, el puestito de Salvarte desapareció como por arte de magia. Claro, el relajo continuó. Pero esa es otra historia. Incluso en la buena revista Semana leí hace algún tiempo una evaluación que hacía el redactor sobre los gobiernos de Uribe en materia de seguridad. Le destacaba haber revertido la tendencia en cuanto al combate contra la guerrilla (totalmente cierto), pero después concluía que al comienzo de su mandato aquélla estaba en las goteras de Bogotá, sugiriendo —o me pareció así— que se aprestaba a la toma de la capital. Me perdonarán, pero eso es pura paja. Uribe logró arrinconar a las Farc, que son una considerable máquina de guerra aún hoy, como ningún presidente lo había hecho. Pero las Farc estaban totalmente aisladas en términos políticos desde hacía mucho, como lo demuestra cualquier revisión de los sondeos de opinión, y careciendo de una base social significativa no estaban en posición, ni de lejos, de tomar el poder en un país de desarrollo medio bajo, como es Colombia, y por tanto con un Estado y una economía más o menos complejos.

Esta histeria retrospectiva demuestra cuánto de inaprensible poder tiene esa chica traviesa que es la nostalgia. Deberíamos estar alarmados, más bien, con las evidencias que siguen saliendo acerca de una conexión íntima entre el extremismo cultivado morosamente en la última década y las fuerzas ilegales (desde el caso del Fondo Ganadero de Córdoba, hasta el caso Yamhure), pero a eso dedicaré la próxima columna. Por el momento vuelvo a la revista Semana y al premio de liderazgo que concedió recientemente. Como la nostalgia, el liderazgo es un término lleno de trampas. Basta con que una persona se autoproclame “líder” para que esa característica desaparezca. Pero entre la lista de galardonados por Semana encuentro tres nombres de líderes genuinos: Alejandro Reyes, Claudia López y Moisés Wasserman. Estoy seguro de que entre los premiados hay otros muy valiosos. Pero estos tres son gentes de primera, que se han dedicado a defender valores (Reyes, la equidad agraria; López, la moral pública; Wasserman, la ciencia y la educación pública) que este país necesita desesperadamente. Son muy distintas entre sí; desde la fogosidad de López a la paciente terquedad de Wasserman, expresan actitudes muy distintas hacia la sociedad y la vida. Creo que ninguno se autocalificaría como “líder”. Pero tienen en común la capacidad, la convicción moral y la tenacidad. Tenaz no es, como ha llegado a suponerlo el español bogotano, “terrible”. Tenaz es el que agarra la presa y no la suelta.

 

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