El poder de la palabra

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Es esta una expresión que aunque muchos consideran cliché por el abuso en su uso, no por ello tiene sus ramalazos de verdad. Decir, nombrar, narrar, opinar por escrito o de manera oral sobre un hecho (que es también una idea) tiene la ventaja de la inmediatez que una obra de arte se demora en alcanzar por la esencia misma del trabajo conlleva. Las nominaciones amplificadas de los hechos, nominaciones que en muchas ocasiones son acomodadas crean su efecto y más aún: crean mundos creíbles así éste sea una falacia.

Cuando al final de la Segunda Guerra Mundial Berlín caía bajo los bombardeos de los países aliados, Adolfo Hitler se había refugiado en un bunker con sus más cercanos colaboradores (y con Eva Braum), al tiempo, Joseph Goebbels, el Ministro de Propaganda que escribió los once principios de propaganda para afianzar las bondades del régimen nazi, se hallaba al frente del micrófono instando a los agobiados ciudadanos alemanes que bajo el fragor de las bombas escuchaban a Goebbels anunciar con voz estentórea y llena de certidumbre que estaban a punto de caer en manos del glorioso ejército alemán los infames aliados, pese a que el ejército rojo estaba a 300 o 400 metros de la Cancillería muchos creían que se salvaría y que la victoria sería alemana. Y muchos le creían, así su techo estuviera destruido.

Cuando en el Gobierno de la Seguridad Democrática, los canales privados de televisión y cierta prensa cercana al gobierno pregonaba que ahora sí se podría viajar a las fincas y transitar por carreteras, muchísimos colombianos acuñaron esta idea como un eslogan, mientras en la Colombia rural y marginada (que es casi toda) la tierra era abonada con la sangre de las masacres que hoy son de conocimiento público. De nuevo la palabra fundó un estado de circunstancias que generaban una tranquilidad que a la postre derivó en la infamia y en el recrudecimiento de la muerte como política de Estado.

De ese tiempo que ya completa dos décadas, se deriva un diccionario de eufemismos cuya pretensión ha sido normalizar la muerte violenta para todo aquel que posea un pedazo de tierra o piense en la posibilidad de fundar un país en el que los conflictos se diriman con el concurse de las voces más diversas. De ese tiempo proviene llamar a la infamia del desplazamiento forzoso de millones de colombianos “migraciones internas”, esa expresión fue repetida y defendida hasta el hartazgo por esa suerte de Goebbels del uribismo que es José Obdulio Gaviria. También conviene rememorar la expresión “falso positivo” para nombrar las ejecuciones de ciudadanos inermes, civiles, por parte del mismo gobierno que tiene el deber de protegerlos. Como en la variedad sádica de torturas (empalamientos, desmembramientos con motosierra, asesinatos con monas) así en la creación de frases y palabras para fabricar y justificar la impunidad. Me atrevo a decir que superamos a tiempos macabros vividos en la Argentina de Videla o en el Chile de Pinochet.

Como continúa la misma política de muerte, este diccionario de la infamia, crece. A saber: “buenos muertos” o aquellos asesinatos de personas que pueden incidir como testigos claves para que se devele verdades por todos conocidas. “Homicidios colectivos”, es la más reciente entre tantas expresiones. Así llamó este mandatario que tenemos hoy (un presidente soberbio, mezquino, antipático y desconectado) a las masacres. Pero no es el tiempo de hacer caso a estos eufemismos, así la pandemia nos tenga presos.

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