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El poder de la risa

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La risa, la que Aristóteles atribuía solo al hombre entre todos los seres vivientes, ha sido un arma de los vapuleados por los poderes y una característica de “clase” o de falta de ella, según se ría con retorcimientos y movimientos de vientre, mejor dicho, a carcajada batiente, que sería la de los pobres, o se disimule y se suavice, como con temor de ir a desfigurar el rostro o tal vez con miedo a la pata’egallina, que es la de la clase alta.

Hubo momentos en la historia en que reír a carcajadas era, según los moralistas, parte de mala educación. En el caso de las mujeres, por ejemplo, debían, “las verdaderamente educadas”, no levantar la voz y controlar “el trato, la mirada y la risa”, según el Manual de Urbanidad del venezolano Manuel Antonio Carreño. Así que reír, con sonoridades bulliciosas, y con desafuero y desfogue, era propio de la “perrata” o plebe. Las damas de alta cuna no debían exhibir esas vulgaridades del populacho.

La risa ha problematizado la sociedad desde tiempos remotos. No se admite en actos solemnes. Y ha sido proscrita, porque puede contener rasgos subversivos, de mofa hacia el poder, de repulsa del que está oprimido por la religión y por la política, cuando esta no es muestra de libertad y derecho. En tiempos medievales, la risa se asoció con expresiones diabólicas. El demonio puede reír, la divinidad no. Se creyó por momentos que la risa era una artimaña de satán, el gran seductor.

En el Renacimiento, al contrario, fue considerada una especie de don trascendental, un privilegio exclusivo de los humanos para el placer, tal como lo analizó Mijaíl Bajtin en sus textos sobre el carnaval, la fiesta y, en particular, acerca de la obra prodigiosa de Rabelais. En todo caso, la risa tiene alcances hermenéuticos, literarios, históricos. Y en la religión, sobre todo en aspectos del cristianismo, cumplió un rol prominente, sobre todo en la celebración de la Resurrección.

En la Alemania del siglo XVI, en un hecho muy llamativo, tal como lo investigó la antropóloga italiana Maria Caterina Jacobelli, se daba una ocurrencia insólita. En la misa de Pascua el predicador pronunciaba “auténticas indecencias sobre el altar” y llegaba al punto (quizá ansiado por la feligresía) de mostrar los genitales para hacer desternillar de risa a los fieles. Esta manifestación se conoció como risus paschalis o la risa pascual.

Entre más estrepitosas eran las carcajadas en el templo, mejor. El predicador (dice la citada investigadora en su libro Risus Paschalis) contaba chistes, relatos burlescos y en su mímica lujuriosa realizaba movimientos onanistas y de otros actos sexuales. El templo era una fiesta. “La prédica de pascua debía contener una historia capaz de suscitar la risa, de modo que en la iglesia resonaran alegres carcajadas”, agrega.

La risa del pueblo, la que vuela en las plazas, en los cafetines, en los estadios, en las prácticas diversas de la sociabilidad, es el origen de sátiras, de demostraciones en la que, pese a represiones, censuras y atentados contra la libertad, el poder es conducido al patíbulo de la risa. Y así, según las circunstancias, se afina el ingenio popular. Y entonces el rey o el mandatario o el dictador o el gran burundú burundá es exorcizado con el baile, la fiesta, el carnaval, la jarana. La risotada.

En la literatura, casos como el de Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais, establecen un canon sedicioso de los que es capaz de provocar la risa. Y luego, como pasa en el Quijote, novela en la que se ríe y se llora (y en ocasiones se llora de la risa), la cultura popular se mueve con una riqueza infinita de recursos. Y la risa, prohibida, vilipendiada, sometida a inquisiciones, será una herramienta, a través de distintos géneros literarios, poéticos, musicales, de la vindicta popular contra la tiranía.

A veces solo nos queda la risa como defensa. Y, por qué no, como ataque. En Colombia, por ejemplo, en el cuatrienio funesto de Turbay Ayala y su represivo Estatuto de Seguridad, en tiempos en que el mismo presidente (el que quería reducir la corrupción a sus justas proporciones y que decía con su voz nasal que el único preso político de Colombia era él) era un chiste ambulante, el pueblo afiló su ingenio y produjo una caudal infinito de humoradas antiturbayistas.

Y a propósito, en un país como el nuestro, inequitativo, sangriento, de múltiples penas y en el que ni siquiera el presidente es capaz de pronunciarse por la infamia de los “falsos positivos” y manifestar su solidaridad con los familiares de esas 6.402 víctimas, en fin, el señor Duque es una como un reyezuelo de burlas, memes y una algazara de chascarrillos. Lo que, por lo demás, nos caracteriza como una cultura tragicómica. ¡Ah!, puede ser una especie de consuelo bufonesco saber que el presidente, además de rabia, da risa. Y un gran desasosiego.

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