Por: Danilo Arbilla

El poder de las cacerolas

Dice el refrán que “el que a hierro mata a hierro muere”. También se dice, por lo menos en la Argentina de hoy, que “el que nace de los cacerolazos, las cacerolas lo acaban”.  Los “cacerolazos” de la semana pasada contra el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner son para muchos un anuncio  del fin del kircherismo, que llego al poder como consecuencia de un proceso que comenzó con los cacerolazos  durante la crisis del  2001 que dieron por tierra con el gobierno del presidente Fernando de la Rúa.

A la presidenta argentina no le gustan estos cacerolazos y dice que son corporativista. En general a los Kirchner no les gusta nada, para empezar la prensa, que desnude la realidad  y todos los  que lo hacen son golpistas, oligarcas y violadores de los derechos humanos.

Y cuando la realidad no se ajusta a sus deseos, la modifican por decreto. Es lo que hacen con el índice de precios: han resuelto que la inflación este año será del 8%, aunque las mediciones más serias y menos alarmistas la sitúan entre el 20 y el 25%. Hay quienes hablan del  35%, guarismo que coincide con las previsiones del público según las encuestas. Y si esas son las expectativas, es difícil que no se sitúe en ese nivel.

Los Kirchner insisten, en sus ataques, en sus insultos, en no reconocer la realidad. Y ahora la gente le responde con las cacerolas, que no son de izquierda ni de derecha, ni únicamente salen de las cocinas de las clases altas. Son las misma que sonaron para Allende en Chile en los 70, para los militares uruguayos a principios de los 80 y las del 2001 para de la Rúa.

Son un  reflejo sonoro de la realidad. Esta hoy dice que la imagen de la presidenta Fernández ha caído  casi 40 puntos desde que asumió y que solo cuenta con  el respaldo de 1 de cada 5 argentinos. No se trata de las pancartas, ni de los bombos y el griterío de gente acarreada por dirigentes acomodados con el gobierno y que cuentan con dinero a raudales. Ese dinero que los Kirchner les sacan a los productores rurales con quitas de casi la mitad del precio de  sus productos.

Los Kirchner contraatacan llevando gente a la emblemática Plaza de Mayo. Y fue bastante, pero en abril de 1982 cuando Las Malvinas, el dictador Gral.Galtiere convoco más gente y eso que no gasto dos millones de dólares en publicidad por televisión como ahora ni hubo paro de actividades dispuestas por las gremiales gubernistas.

Los números son los números aunque  los Kirchner los nieguen cuando no les agradan. El crecimiento que supero el 8% el año pasado,  difícilmente pasará del 5%. La inversión está un 50% por debajo de la requerida para poder repetir. Los precios suben y también la presión fiscal, situada en el 34% de PBI, sin ningún retorno para el contribuyente. Va para los amigos del gobierno, los piqueteros y los subsidios kirchneristas socio-electorales. Estas quince semanas de conflicto rural, le han costado a la Argentina el equivalente al 1% del PBI. El consumo baja, también lo hacen los índices bursátiles y la inseguridad crece. Los depósitos caen y se calcula que en la última semana unos 2 millones de dólares se mudaron a sitios más seguros.

Un viejo y sabio dirigente sindical sostenía que la mayor presión para el obrero en huelga, es la esposa. La ama de casa que necesita qué poner en la olla. De ahí es que viene el ruido de las cacerolas. Estas no se llenan con discursos, acusaciones y menos con soberbia. Y este es un dato a tener en cuenta en este caso , en particular porque según Eduardo  Fidanza, reconocido analista argentino, director de Poliarquía Consultores, una de las cosas que más ha afectado la imagen de la presidenta Fernández de Kirchner es que la población la percibe como una persona  soberbia y poco sincera.

 

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