El poder seductor de la palabra

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Las mujeres que exigen preámbulos para tener sexo siguen siendo una abrumadora mayoría que, además, aumenta con la edad. Un nuevo eufemismo es “quiero tener amigos, después veré qué pasa”, o sea, como en el bolero, poner “plazos traicioneros”.

Sin embargo, hay lugares con un activo turismo sexual femenino, por ejemplo, los pueblos italianos de la Costa Adriática. Allí, europeas mayores pagan por la compañía de fogosos jóvenes que luego, al casarse, visitan regularmente una amante, disfrutando un sistema institucionalizado de affaires extramaritales con mujeres de su región. El adulterio es común. Muchos hombres tienen una sucursal a donde van entre semana, cuando el marido cornuto labora en los viñedos, en el barco de pesca, en su pequeño negocio o también en andanzas clandestinas. Quienes tienen buena posición mantienen romances durables con señoras de su clase social para abajo. El único tabú es que una mujer mayor tenga relaciones íntimas con un joven soltero. Ilustrando así su amplio conocimiento sobre la historia de las parejas, la antropóloga Helen Fisher concluye que las relaciones extramaritales parecen ser “el triunfo de la naturaleza sobre la cultura”.

Como haciéndole caso a esta experta, Juliana -bogotana casada, con tres hijos universitarios- mantuvo por varios años un affaire con Ricardo, exnovio arquitecto con el que nunca se acostó. Radicada en Houston hace años, la logística del romance la facilitó un proyecto de construcción cerca de allí. Ricardo vivía en Boston casado con una exhippie que el tiempo tornó histérica y dominante. Mayor que él, cuando se conocieron en Bogotá ella ya tenía experiencia y además ofrecía un valioso documento, la visa USA. Se fueron juntos a conocer Canadá en auto stop. Ricardo, algo mujeriego, dejó plantada a Juliana y jamás volvió a acercarse a Colombia, ni a ella.

La posibilidad de volver a flirtear con su amor juvenil cayó por casualidad, cuando lo visitaron amistades comunes. Ricardo preguntó por Juliana, apuntó el precioso número telefónico y empezó a cranear la reconquista. En su trabajo movió los hilos necesarios para que su jefe lo vinculara al proyecto de Houston y, muy aplicado, buscó seducirla telefónicamente. Endulzar ese oído le tomó bastante tiempo y dedicación.

“Todas las semanas durante muchos meses, de lunes a viernes, yo recibía mi llamada al mediodía. Me creó ilusiones y sueños”. Así resume Juliana el paciente flirteo. Tiene una teoría sobre su romántico talón de Aquiles. Según ella, el mágico botón no es la oreja, donde le gustan tanto los besos. “Es más adentro, en el oído interno”, aclara. Ricardo supo llegarle desde el primer telefonazo: tanto tiempo, cómo has estado, qué es de tu vida… pero cuando le confesó “fui un estúpido, nunca quise abandonarte, he debido quedarme contigo”, logró borrar años de rabia y malos recuerdos. “Tocó el botón de encendido automático y simplemente me derretí”.

Tras un par de citas rápidas en el aeropuerto, condimentadas con beso apasionado, se amaron en un hotel varias veces al mes durante todo el tiempo que duró la obra. Al final, ninguno de los dos tuvo la valentía suficiente para abandonarlo todo y continuar esas subidas a la estratosfera. Juliana asegura que Fernando, su marido, nunca se enteró de nada. Y no está dispuesta a oír argumentos a favor de contarle. Se niega a aceptar que el incidente en el que, en un asado, él empujó a la piscina a un amigo que la miraba insistentemente tenga algo que ver con un arranque de celos acumulados. No quiere separarse, qué enredo los hijos, Thanksgiving y Navidad, pero guarda maravillosos recuerdos de ese idilio furtivo. Ocasionalmente, la atormentan inquietudes insólitas. “Una vez sentí que estaba haciendo con Fernando algo que era de Ricardo y mío nada más. Sentía que le estaba siendo infiel”.

Juliana volvió a enamorarse de Ricardo antes de tener sexo con él, así de sencillo. A pesar de que admite sin tapujos que no disfruta la cama con Fernando, se molesta, casi se ofende, cuando le sugiero que salga a buscar aventuras fugaces en cualquier café o, mejor aún, que ponga un anuncio en Tinder enumerando los requisitos masculinos y escénicos que se le antojen, modificándolos cada vez según su estado de ánimo. Le lloverían pretendientes pues sigue siendo muy atractiva.

Ninguna de las mujeres que conozco de esa edad, separada, divorciada, viuda, o casada, incluso aquellas que tuvieron una vida sexual liberada con múltiples affaires, aprovecha la prerrogativa de elegir un amante fugaz como hacen las europeas que menciona la Fisher. Afirmar que le tienen aversión al sexo sin compromiso no requiere elaboradas teorías psicológicas o biológicas. Basta un concepto económico muy simple, las preferencias reveladas: quien no hace algo teniendo los recursos suficientes para hacerlo es porque no quiere, no le interesa, no le gusta. Una verdad de Perogrullo. Continúa.

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