Por: Juan Gabriel Vásquez

El Polo y su periódico

ME ENTERO POR EL TIEMPO DE QUE en días pasados salió a circulación Polo, el nuevo periódico de izquierda. Parece que estaban listos para salir el 4 de julio, día en que, según el director Antonio Morales, cumplen años los Estados Unidos, la Constitución colombiana y el presidente Uribe.

Pero entonces la ‘Operación Jaque’ liberó a los quince secuestrados, y a los del periódico les tocó parar todo el proceso y casi hacer uno nuevo por cuenta de la noticia más importante —no importa si uno es de izquierda o no— de los últimos años en Colombia.

Pero lo que me interesa comentar es la decisión, curiosa y arriesgada, que ha tomado el Polo (el partido) al lanzarse al ruedo mediático con Polo (el periódico). Desde su primer número, Polo (el periódico) se presenta sin ambages ni maquillajes de ningún tipo como una publicación del Polo (el partido). Eso es excepcional, y puede presentar problemas. Todos los periódicos tienen una tendencia política, pero muy pocos se hacen con la plata de un partido y con la intención de servir de comunicación entre el partido y su gente. Y todavía son menos los que, teniendo esa intención, quieren además abrirse a todo el espectro ideológico. No les va a quedar fácil.

No les va a quedar fácil porque Colombia, a pesar de esa idea tan cacareada (y que siempre me ha parecido una de las mentiras con que los colombianos intentamos tranquilizarnos), no es un país de centro: es un país polarizado, y en ambos extremos lo que reina es la intolerancia, el dogmatismo, la violencia ideológica que se vuelve física, el chantaje moral que se vuelve amenaza directa. Los colombianos nunca han querido enterarse de lo que piensa el otro lado: si lo hicieran, les quedaría menos fácil simplificar y caricaturizar, y correrían el riesgo de darse cuenta de que hay cosas (pocas, pero las hay) en que los dos lados estamos de acuerdo.

Lo que quiero decir es que en Colombia se da, hipertrofiado, el mismo fenómeno que he visto en todos los países donde he vivido, y en otros donde no he vivido pero que conozco bien. Los lectores de periódicos no leen para formarse una opinión sobre nada, ni siquiera para informarse sobre nada: leen para que les confirmen lo que ya piensan. No leen para preguntarse si hay que legalizar la droga, o si hay que reglamentar el aborto, o si hay que eliminar de una vez por todas la injerencia de la Iglesia Católica en la vida civil. Leen buscando que alguien les dé los argumentos para sostener lo que sienten instintivamente, lo que creen de manera irracional o por lo menos irrazonada. Leen para sentirse tranquilos con sus prejuicios sabiendo que otros, bajo el prestigio de la letra imprenta, los comparten.

La situación ideal, por supuesto, debería ser la contraria. Un amigo español, liberal a la inglesa, lector del Guardián y El País, compra y lee con frecuencia los periódicos de la derecha española: el ABC y El Mundo. Lo hace, según él, porque “hay que saber lo que piensa el enemigo”. ¿Cuánta gente hace lo mismo? Me temo que muy poca. Y el resultado es, como en Colombia, un escenario donde la oposición no ha logrado que el país reciba de ella un mensaje coherente; donde el gobierno suele parecerse a un niño que se tapa los oídos y dice que no oye, que es de palo, que tiene orejas de pescado.

A mí me parece una buena noticia que aparezca un periódico como Polo, pero me parecería mejor saber que no lo leen sólo los del Polo. Así como me parecería bien que en Polo (el periódico) hubiera gente que no es del Polo (el partido). A ver si por fin, en Colombia, hay debates de verdad.

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