Por: Mario Fernando Prado

El Porce

UBICADA A POCOS MINUTOS DERiofrío y a escasos kilómetros de Tuluá, la casona de la hacienda El Porce es morada del escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal.

Inoportuno, impertinente, iconoclasta, incisivo, insobornable, inmanejable, impetuoso, intrigante, intolerante, impredecible, inteligente, Gardeazábal —como el mismo se autodenomina— tiene en medio de cañas, de gansos, de árboles y de matas, un espacio en el que atiende —y de qué manera—, despacha, pontifica y escucha y se hace escuchar de medio país.

Por ese predio desfilan diariamente personajes de todos los pelambres. Desde presidentes de multinacionales, políticos de postín, ex presidentes, gobernantes y gobernadores, hasta gentes del común, no pocos lagartos y sus escasos amigos, únicos que lo medio entienden, lo chocholean y le perdonan sus excesos y pataletas.

Anfitrión exquisito, se gasta fortunas en almuerzos pantagruélicos y libaciones nocturnas. Quienes allá van se sienten inmersos en un mundo surrealista en el que la oralidad tiene su gran espacio. Gardeazábal vocifera, cuenta, recuenta y le inyecta, cómo no, su chispa novelesca que termina por alucinar a sus contertulios.

Dicen que es de las personas mejor informadas de Colombia. No en vano su casa es un oráculo, meridiano por el que pasa la actualidad política del país y en el que se mezclan la realidad y la ficción, lo verdadero y lo imposible, lo cierto y lo fantasioso.

Amigo de las conjeturas, triangula datos y opiniones y construye escenarios a ratos de una lógica brillante y otras tantas veces tan inverosímiles que pueden terminar siendo ciertos.

Empero, tiene detractores —y muchos—, víctimas incluso inocentes de su mordacidad. Y así como es justo en algunas apreciaciones, así también se ensaña con ponzoña venenosa con quienes simplemente o no le gustan o no comparten sus actuaciones.

Experto en cantar tablas y verdades, no se le arruga a lo que sea y libra batallas contra los molinos de viento de sus propios fantasmas.

Peligrosísimo de enemigo, es también solidario como ninguno con sus afectos, a quienes no permite que se les toque ni con el pétalo de un gladiolo, flor que curiosamente no abunda en su Porce. Él es así…

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mario Fernando Prado