Por: Daniel Emilio Rojas Castro

El potencial turístico del país

Y eso es lo que sucede cuando muchos de ellos vienen a Colombia. Basta con hablar con un ligero acento extranjero, es decir, no hablar con el acento local para que los precios se multipliquen 200% o 300%; para que la vuelta a la ciudad en chiva para visitar Manga, Bocagrande y subir a la Popa, que habitualmente cuesta 55.000 pesos, se infle a 150.000, como le sucedió la semana pasada a un par de amigos que visitaron la heroica y que en adelante preferirán viajar a Santo Domingo en vez de regresar a Cartagena. Triste viaje y tristes recuerdos los que se conservarán de él, pues además en el hotel ‘se les perdió’ la cámara que llevaban.

Esta versión de « Colombia es pasión », declinada en la más cáustica  « Colombia es hampón », socava todos los días la industria turística colombiana, que además de poseer una logística y una infraestructura modestas y de cargar con la mala reputación que produce la violencia cotidiana, debe sufrir las consecuencias de un voz a voz que aleja posibles nuevos visitantes en lugar de acercarlos : ‘es un bonito país, pero me tumbaron cada vez que pudieron’. Aunque muchos no lo crean o lo consideren anticuado, una de las principales motivaciones para viajar a otro lugar del mundo son los comentarios y las experiencias de otros viajeros que recomiendan o censuran un lugar.

Según cifras del Ministerio de comercio, industria y turismo Colombia recibió 4,5 millones de viajeros en el 2015, sobrepasando la meta que la actual administración se había trazado y superando el número de los que vinieron en 2014. En un evento que tuvo lugar el sábado pasado, el presidente Santos posesionó 300 nuevos policías de turismo y mencionó que en el primer trimestre del año el transporte aéreo de pasajeros aumentó un 6.3% y que se movilizaron más de 17 millones de ellos, cifras que, en sus palabras, evidencian el potencial turístico en la economía nacional.

Ese potencial, sin embargo, se quedará siendo sólo eso —potencial—, si no hay un control estricto de la calidad de los servicios y de los precios del sector. Un turismo más capacitado, educado, incluyente, seguro, legal y de calidad puede convertirse en un pilar económico importante para el país y ser una fuente de empleos estable y sostenible a largo plazo. Pero ni 300, ni 500 ni mil uniformados podrán vigilar lo que sólo el profesionalismo y la entereza pueden garantizar. Además de construir centros de convenciones, parques, senderos, malecones, muelles y embarcaderos es necesario que se establezca una veeduría ciudadana, que denuncie las arbitrariedades y los robos contra los turistas nacionales y extranjeros, que emplee las redes sociales y acuda a las autoridades para no dejar el pillaje impune, que no se ahorre el esfuerzo de escribir una carta para tramitar una queja y que reaccione en el tiempo y en el lugar adecuados para que no le quiten injustamente el dinero a los visitantes.

Amigos lectores: no dejen que le quiten el dinero a los turistas. No, no todos son ricos potentados que derrochan capital y que gastan y gastan su dinero por pura diversión. De hecho, la mayoría son trabajadores, que como Ud. o yo quizás ahorraron durante todo el año para poder pasar un momento agradable con sus familias en un lugar tranquilo, con la esperanza de descubrir cosas nuevas y de escapar al peso lacerante de la cotidianidad laboral. La mejor manera de espantar a los turistas es haciéndoles sentir que los están robando. Para atraerlos no hay que asumir comportamientos obsequiosos ni ponerse en el lugar de una alfombra roja. Basta con un poco de cortesía, un buen servicio, y sobre todo, con ofrecer los precios justos.

N.B. Escribo esta columna pensando en un cretinísimo comerciante de un almacén de souvenirs de la calle Nikolskaya de Moscú, cerca del número diez, segundo piso, que intentó timarme por la compra de un mapa de la ciudad que cuesta 250 rublos y por el que me pidió 700.

 

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