Por: Eduardo Sarmiento

El premio nobel y la industrialización

La Real Academia Sueca de las Ciencias otorgó el Premio Nobel de Economía a Paul Romer, por sus contribuciones a la teoría del crecimiento. El galardonado se desempeñó en los últimos años como alto funcionario del Banco Mundial.

No sobra recordar que el crecimiento económico es el principal medio de progreso. Las economías que crecen al 7 % duplican el ingreso cada 10 años y la economía que crece al 1 % obtiene el mismo resultado cada 50 años.

El crecimiento económico solo vino a verse en el siglo XIX, después de la revolución industrial. En los primeros estudios emblemáticos realizados por Harrod – Domar se consideraba que el crecimiento era determinado exclusivamente por el capital. Luego esta concepción fue reemplazada por las teorías de la sustitución de Solow y de avance tecnológico exógeno de Romer y Lucas, que proclamaban que el crecimiento provenía principalmente por la innovación tecnológica, que no es otra cosa que la generación de nuevas ideas.

La nueva teoría era una notificación de que los gobiernos disponían de una reducida discrecionalidad para impulsar el crecimiento. No podían ir más allá de propiciar el comercio internacional y la entrada de inversión extranjera para que la tecnología viniera a los países. Sin embargo, el resultado no pasaba de ser una intuición sin mayor evidencia científica.

La información de los últimos 25 años permite clarificar las dos visiones, que pueden ser dimensionadas con procedimientos estadísticos elementales. En todas partes se encuentra que el capital explica más del 50 % del crecimiento, en tanto que el avance tecnológico explica menos del 25 %.

En cierta manera, la historia de Romer revela las dificultades de la ciencia económica. La teoría no es universal, es decir, no se aplica igual en todos los lugares. Los resultados varían con las características de los países y con las condiciones coyunturales. Así, la importancia del capital y la innovación varía con las condiciones de los países. El primero se presenta con mayor intensidad en los países en desarrollo y la segunda en los países desarrollados. Por lo demás, en razón que la economía no dispone de los laboratorios de las ciencias físicas e ideológicas, se requieren décadas para confrontar la validez de las ideas.

Si bien Romer no acertó al atribuir el crecimiento económico en su mayor parte a la tecnología, contribuyó a esclarecer el debate entre el capital y la tecnología. Ambos factores se presentan y más tienden a reforzarse. Se ha avanzado en una síntesis en que el crecimiento es determinado por la interacción del capital físico, la educación y la innovación. Aún más importante, el crecimiento económico depende de múltiples aspectos que no pueden ser armonizados por el mercado. Es necesaria la presencia del Estado, en la forma de una política industrial que actúa en diversos frentes. De un lado, debe promover la expansión del ahorro, el comercio internacional y la educación, por encima del producto. De otro lado, debe inducir una estructura productiva de complejidad creciente basada en el aprendizaje en el oficio y la protección escalonada que se traslada a actividades de productividad absoluta cada vez mayor.

En fin, la globalización de los últimos años sirvió de laboratorio para evaluar la validez de las contribuciones de Romer y adaptarlas a la realidad. La teoría del crecimiento que hace 30 años no tenía más salida que el comercio internacional y la inversión extranjera, en la actualidad se convierten en el fundamento de la teoría moderna de industrialización, que articula el capital físico y humano con la innovación tecnológica y el aprendizaje en el oficio.

 

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