Por: Rodolfo Arango

El presidente del sector privado

NO EN VANO EL ENTRANTE PRESIdente Santos ha nombrado y promete nombrar personas procedentes del sector empresarial en varios ministerios cruciales para su programa de gobierno: Vivienda, Medio ambiente, Educación y Salud. A economistas ha encargado la dirección de la plata, la tierra, el trabajo y el subsuelo.

Estas decisiones no sorprenden cuando proceden de un mandatario con visión gerencial y privatista del Estado. Con un talante menos demagogo y más técnico que el de su antecesor, algo por cierto refrescante, el nuevo inquilino de Palacio poco logrará en la lucha contra la pobreza, la violencia y la desigualdad social. La conclusión no es por aguafiestas. Se basa en la concepción social que subyace a su programa de gobierno.

A Santos lo une un viejo matrimonio con el empresariado. El paso por la Federación de Cafeteros le ha dejado huella. Este vínculo es ciertamente legítimo y comprensible. Proviene de la convicción de que el sector privado hace las cosas mejor que el público, aun cuando cobre altos réditos por ello. El Estado debería según este entendimiento ocuparse en proteger la vida, la propiedad, el cumplimiento de los contratos y la integridad territorial, y no gastar más de lo necesario en educación, salud, vivienda o seguridad social. Grave en esta visión política es la concepción del trabajo como “empleo” y no como “vocación”. Santos asocia el progreso del país con una sociedad de pocos ricos y muchos empleados, no con una de seres autónomos que gozan de sus propios medios de producción. En eso su ideología se parece a la del Opus Dei, que se vanagloria de ayudar a los sirvientes a ser buenos en su oficio.

El gobierno Santos concentrará buena parte de sus esfuerzos en aumentar los ingresos de la Nación con la explotación de recursos mineros y petroleros. Pero esto no genera mayor empleo. La rebaja en IVA o renta tampoco basta para crear millones de puestos de trabajo. La ley que eliminó las horas extras y redujo los salarios beneficiando a los empresarios fue un fiasco que desmejoró a los trabajadores. Ausente está en su ideario un proyecto equivalente a la “revolución en marcha”, generadora de empleo y favorable a la redistribución económica. El gobierno que inicia no contempla transformación social ninguna. Sus cinco locomotoras requerirán pocos operarios. Alguna expectativa genera el vagón de la innovación gracias al nombramiento de Orlando Ayala, alto asesor de Bill Gates, en el Ministerio de Comunicaciones.

A Santos parece preocuparle más administrar la dependencia económica que redistribuir la riqueza e invertir en el desarrollo humano. Una revolución en la agricultura, con el retorno de los desplazados a sus tierras y con una reforma agraria ambiciosa, es un propósito que se estrella contra sus propias políticas fiscalistas. Tampoco existe una integracionista con los países vecinos que permitiera el fortalecimiento como bloque económico de los países del norte de Suramérica y del sur del Caribe. Por lo contrario, el gobierno heredará en el plano internacional a un presidente Chávez en calidad de vocero político de las Farc, brazo armado del movimiento bolivariano, y a un presidente Correa respetuoso del juez que procesa penalmente a Santos y lo pide en extradición. En este contexto de cosas, una concepción política, minimalista en materia de Estado y conservadora en lo social, no parece poder garantizar logros significativos en el combate contra los grandes males del país.

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