El preso de la discordia

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La Sala de Instrucción de la Corte Suprema ordenó la medida de aseguramiento del expresidente Álvaro Uribe Vélez, una medida preventiva ante el proceso en curso por soborno y fraude procesal. Su abogado en los suburbios, Diego Cadena, lo terminó de hundir en su reciente indagatoria con atragantamientos extraños, respiraciones agitadas y contradicciones bíblicas. Sus daños estomacales repentinos y siempre en momentos cumbres de información trascendental no pudieron aplazar más los llamados de la justicia. Las pruebas resultaron ser cada vez más evidentes y acordes a los testimonios que lo acusaban por sus intentos desesperados y permanentes de enturbiar las investigaciones que Iván Cepeda estaba recopilando en su contra. Fue justamente su desesperación la que lo llevó a entablar otro boicot con alianzas de testigos falsos, y acudió, furibundo y enloquecido, a los servicios de un hombre que fungía de buenas relaciones en los bajos mundos.

La Corte, un largo tiempo después de accidentes, dilaciones y testigos muertos, ha ordenado la detención del expresidente que usó el aparato entero del poder en sus años mozos para perseguirla y rendirla a la larga estela de su sombra. La noticia, como era de esperarse entre fanáticos y sectarios de su dogma sacramental, retumbó con llantos de indignación y cólera con visos de próximas venganzas. El presidente Iván Duque, aturdido y desorientado, se dirigió al país en una alocución patética y plagada de odas a su mentor, reiterando la infinita credulidad en su inocencia y su malestar contra una Corte que ha decidido sobre todos sus intereses y sus lazos sensibles de fraternidad. No deja de ser curioso que haya anulado de sus discursos su mantra de candidato respetuoso de la ley y las instituciones: “El que la hace la paga”, y haya optado recientemente por invertir sus propuestas de mesura y calma a un tono feroz, bastante ridículo en su rostro que, por cierto, siempre sugiere estar fuera de contexto. A dos años del término de su gobierno impuesto y teledirigido, tendrá que usar el aura del poder oficial para destruir la institucionalidad, porque así se lo dicta la jauría que lo ha presionado siempre con intentos de disimulo, hasta hoy. Su cargo es a partir de ahora un trono incendiado por sus compromisos y sus juramentos de lealtad, aunque en su defensa termine convertido en la antítesis de un estadista; un renegado aislado de la ley y de todos los principios básicos del derecho, reacio a aceptar por siempre que su jefe perpetuo hace parte también de la estirpe oscura y vulgar de los políticos roídos por la delincuencia, y obligado por naturaleza a blindarlo contra la independencia de poderes que intentarán unificar para salvar lo poco que les queda de legitimidad. Ahora tienen como nunca el contexto perfecto para afianzar el martirio, a falta de argumentos jurídicos, y levantar una oleada de cólera renacida para el próximo candidato que impulsarán juramentando la defensa de una patria que siguen definiendo en sus discursos de incienso y adoración.

Les seguirá quedando difícil negar los audios y las pruebas que vinculan al expresidente con un delito que abarca toda su estrategia para salir ileso de sus métodos de política pequeña y ruin.

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